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lunes, 27 de agosto de 2012

LA TEORÍA DE LA CONSPIRACIÓN















Desde que tengo memoria, la política fue mala palabra: en la mesa familiar, más de una Navidad, cumpleaños, o Pascua, se vieron enturbiados por reyertas filosóficas, con insultos y todo, que tenían a la actividad y el pensamiento políticos como ejes de la disputa. Siempre fue el Peronismo el que andaba dando vueltas, entre comentarios reaccionarios y efusivas defensas, ante los ojos azorados de primos y tías, mientras el nonno golpeaba la mesa para detener el desacato generalizado. Lo mismo sucedía en la escuela secundaria, en plena primavera camporista, y siguió en la universidad con los milicos desapareciendo a jóvenes y viejos revolucionarios que alteraban el orden occidental y cristiano. A fuerza de insistir y amedrentar, lo político se incorporó a nuestros tabúes de cabecera, como el incesto o la masturbación.

Hace tiempo que subyace en un sector importante de nuestra sociedad un miedo tácito al debate, a la discusión de ideas. Pero no fue el kirchnerismo el que produjo tales temores, a raiz de haber generado temibles confrontaciones, como intentan atribuírselo los medios hegemónicos. En realidad, el miedo al debate es una tara histórica, inducida, que viene atravezando las diferentes etapas de la vida social y política argentina.

¿De dónde viene el conflicto? ¿desde los orígenes de la patria: el puerto o las provincias, unitarios o federales, civilización o barbarie, peronismo o antiperonismo, dictadura o democracia?

La joven democracia del 83 no cambió demasiado las cosas, la discusión política estaba de nuevo a la luz del sol, pero se daba de patadas con las medidas oficiales que iban a contramano de las necesidades populares. La hiperinflación y el cambio de moneda, los carapintadas, la obediencia debida y el punto final, fueron fuertes palazos en las conciencias militantes. La llegada del menemismo trajo la mochila neoliberal con todas las recetas para destruír a la política. No había debate posible, todo era acción arrasadora preparando el terreno para el remate privatizador. Y la Alianza fue un patético catalizador que asesino las esperanzas de cambio. ¿Quién imaginaba el sangrante 2001? Nadie. Tampoco sabíamos cómo sería el futuro con tantos Presidentes en una semana. Hasta se llegó a pensar en la solución final: "Que se vayan todos". Nadie se preguntó quién tenía los diplomas para quedarse.


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Pero todo cambió a partir del 2003. La política fue recuperando el trono que le habían arrebatado las fuerzas del dios Mercado, y el pueblo fue tomando en sus manos las herramientas para cambiar la realidad democrática: el debate, la participación, la militancia. Las redes sociales iban reparando la trama descuartizada por la década infame de los 90, y poco a poco, la política comenzó a conducir los destinos de la patria, desplazando a los factores económicos, aunque estos siguan pujando para torcer el rumbo.

Ahora, luego del aplastante triunfo de Cristina, de octubre 2011 con el 54 %, Las fuerzas de la oposición, han recrudecido su acitud antipolítica, sumandose al coro catastrófico de los poderes fácticos conducidos por el tándem Clarín - La Nación, sin darse cuenta que la derrota sufrida, el vergonzoso ejemplo del Grupo A en el Congreso, la sumisa repetición de frases y consignas prefabricadas en las redacciones multimediáticas, entre otros malos ejemplos, los perjudica también a ellos, y a la sociedad en su conjunto.

Entonces, medios y politicos subordinados van sembrando la teoría de la conspiración, según la cual, todo lo que haga el gobierno nacional, lleva implícito un deterioro de las instituciones de la república, porque cada acción implica una trampa para perjudicarnos a todos, porque el gobierno es autoritario, chavista, estatizante, montonero, fascista, hitleriano, antidemocrático y viene por todo.




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Entrevista a Ricardo Forster...



-Hace pocos días usted se refirió a la impugnación hecha por la oposición mediática y política a discutir una eventual reforma constitucional, como si fuera parte de una maniobra antidemocrática…

–Hay una suerte de teoría de la conspiración. Cada acción supone una suerte de ajedrez maquiavélico para que el gran jugador siempre vaya orientando, en función de su estrategia, cada situación. El secreto, la lógica conspirativa, la conjura, son parte de una Argentina que, siempre, solapadamente, va acumulando poder, poder y poder. Y de esa manera lo que se hace es, primero, reducir lo interesante y lo enriquecedor de un debate público. La Argentina contemporánea hace tiempo que viene discutiendo prácticamente todo. No hubo tema fundamental de la vida cotidiana, de la política, de la economía, de la cultura, de los derechos que no se haya discutido. Desde el matrimonio civil igualitario hasta la cuestión jubilatoria, pasando por la deuda externa, el rol del FMI, hasta el de los medios de comunicación. El ciudadano de a pie pudo discutir cuestiones que antes ni siquiera aparecían entre los especialistas. ¿Por qué tenerle miedo a un debate público? ¿Por qué tenerle miedo a abordar un tema fascinante como puede ser la cuestión de la constitución, que hace a la convivencialidad, que hace a problemas centrales, que es la columna vertebral de la ley de nuestra sociedad?

–Debatir la Constitución de 1994 evitando el tema de la re-reelección, ¿no es una conducta funcional a la impugnación de los medios?

–Por supuesto. Sobre todo teniendo en cuenta que la Argentina contemporánea no es la de la década del ’90, hegemónicamente dominada por la matriz neoliberal. Si bien aquella constitución del ’94 puede tener, por supuesto, artículos reivindicables y que tienen que ser parte de una nueva constitución, hay una matriz, hay una concepción de país que la atraviesa y ya no se corresponde con las transformaciones que se dieron en la Argentina contemporánea. Es saludable que imaginemos que para este contexto histórico es imprescindible que la propia constitución pueda adaptarse a las demandas de este tiempo, y no quede adherida a un modelo neoliberal, que de alguna manera atrapa legalmente a las transformaciones y les pone un cierto condicionamiento.

–Usted mencionó el caso de las democracias más respetadas por gran parte de la europeizada tilinguería local, como el caso de François Mitterrand, que gobernó Francia por 14 años. Ahí no aparece ninguna crítica, no son autoritarios ni populistas…

–Es la lectura de Europa como el súmmum de las virtudes democráticas y América latina como territorio de la barbarie. Si entre nosotros se construyen liderazgos ligados a procesos de transformación social popular, se dice que esos liderazgos son construcciones autoritarias. Estamos cansados de leer y escuchar expresiones brutales que hablan de fascismo, de dictadura. Si la Argentina actual fuese algo equivalente al fascismo quiere decir que el fascismo fue un juego de niños, donde no hubo un genocidio, donde no hubo nada. Discutir la Constitución Nacional puede implicar discutir qué régimen político, si presidencial o parlamentario, si la Argentina necesita o no una cláusula de reelección, si la constitución es un texto intocable o un texto amasado en el movimiento de la historia. Por otra parte, no existe ninguna posibilidad de ir a una asamblea constituyente si no hay un acuerdo político amplio que implique, entre otras cosas, que dos tercios de ambas cámaras tienen que aprobar el llamado de Asamblea Constituyente. Entonces, ¿cuál es el temor? Si fuese cierto que Cristina con sólo poner su nombre ya tiene garantizada de acá a la eternidad la presidencia, ¿qué quiere decir esto? ¿Existe eso o existe una sociedad compleja que, cada dos años, vota y va construyendo el mapa político de la sociedad?



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No cabe duda de que vivimos un tiempo maravilloso. Todo está en discusión, y no hay lugares prohibidos adónde no llegue la palabra en nuestra vida cotidiana. Eso los atemoriza, les mueve la estantería, les quita el sueño. No hay nada peor para un conservador o un reaccionario que les propongas un cambio, una revisión, una nueva perspectiva acorde a los tiempos presentes.

Los que no quieren debatir, los que dicen con vos no discuto, no hablo, te bajo la persiana, son víctimas de la tilinguería, zonzos consuetudinarios, están confundidos, tienen miedo, y/o intereses pecuniarios, y/o carecen de argumentos.

Están enfermos de desidia y son fácilmente manipulables, irritables, autoritarios, contradictorios, violentos, egoístas, soberbios, intemperantes, pusilánimes, y mal educados. Pero no perdamos las esperanzas, tarde o temprano la boludez tiene cura: algunos la superan dándose cuenta y haciendo el tratamiento de pensar y sentir, mirando alrededor, abriendo el corazón; y otros simplemente se liberan cruzando el Aqueronte hacia el Hades.



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Daniel
Mancuso




2 comentarios:

Nestor Cando dijo...

UNA JOYA,SIMPLEMENTE UNA JOYA, Sobre todo parece, hoy, lo de Discépolo...
Un abrazo

Marian Frost dijo...

Yo también pienso que estamos viviendo una época maravillosa y no quiero perderme nada. Como vos decís, todo está en discusión y eso es grandioso. ¡Gracias por el post!

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