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miércoles, 18 de enero de 2012

VADA A BORDO CAZZO !!!




Miedo y agua, las dos presencias ominosas del naufragio. Mientras 114.500 toneladas del Costa Concordia se hundían en la oscuridad, y miles de pasajeros se empujaban frenéticos para alcanzar los botes, dos hombres hablaban por teléfono sintetizando la tragedia, y otros morían ahogados, en la noche de la costa dell' Issola del Giglio.

Da paura la irresponsable actitud del capitan del barco, su inescrupulosa desidia. No cumplió su juramento, tomó la decisión equivocada, no estuvo cuando lo necesitaban, hizo lo contrario de lo que esperaban de él, se cagó en los demás.

Escuchamos una y otra vez la conversación, y no deja de apabullarnos la indignación y la bronca. Porque son muchos los capitanes Schettino sueltos por ahí. Los hay diputados, los hay periodistas, los hay jefes de gobierno o gobernadores, los hay empresarios, los hay policías, los hay sindicalistas, los hay jueces, los hay médicos...

Todos venimos al mundo con la condición humana, obviamente. Todos tenemos nuestras miserias, pero algunos son mucho mucho más misereables que otros.

El proyecto popular en marcha desde 2003, fue un barco hundido que se puso a flote, con el comandante Kirchner a la cabeza. Se rescató a las víctimas del naufragio neoliberal y se comenzó a construír otro barco, en el que entren 40 millones de pasajeros. Dura tarea, por las dificultades de afuera y por los boicoteadores de adentro.

¿Cuántos miraron para otro lado cuando los infames 90 se tragaron el Estado, las fábricas, los empleos, la esperanza?

¿Cuántos capitanes Schettino escuchamos a diario?

¿Cuánto canalla suelto hablando, escribiendo, pavadas?

¿Por qué no vienen a trabajar, a pensar, a construir, a soñar... en lugar de mirar desde la scialuppa, criticando desde el bote salvavidas insolidario que flota sobre las necesidades de todos.

Dan ganas de gritarles: VADA A BORDO CAZZO !!!





NAUFRAGIO CONCORDIA: La telefonata tra il comandante Francesco Schettino e il comandante De Falco della capitaneria di porto di Livorno.


Daniel Mancuso


sábado, 2 de octubre de 2010

COBARDES



Ahora que pasó lo peor, miremos la letra chica. Los detalles que dan cabal muestra de la desmesura. Lo que queda tapado por el humo de la inmensa noticia... y los gases lacrimógenos. El instante primero, el momento chispa que antecede a la explosión de odios y desesperación.

Un ejemplo, todos los ejemplos...

El hombre rodeado de policías, empujones y gritos. La mano artera que le pega al Presidente, escondida entre cuerpos amuchados, la mala intención, prepotente y altiva. El contagio estúpido de la patota anónima, que toma coraje en el número y amenaza al circunstancial enemigo indefenso.

(cualquier semejanza con los cuatro o cinco canallas alrededor de un encapuchado desnudo atado con alambre al elástico de una cama, no es pura coincidencia...)

La barra policial se envalentona contra el hombre solo, lo golpea e insulta, lo escupe y lo quiere matar. Otra mano atrevida dispara gas pimienta, agrede la investidura, el aire, la gente, la vida. Las gallinas se sienten valientes y cacarean ofensas. Babean pusilánimes, seguros de su impunidad.

Calor. La impunidad da calor, y uno se vuelve bravucón. Y los bravucones se juntan. Si la moral viene agujereada de miserias insondables, los comportamientos son groseros, el corazón endurece y el alma se vuelve letrina. La única manera de vivir en la mierda es hacerse el desentendido y creerse superior al de al lado. Pisotear a como dé lugar al oponente. El castigo más grande es no hacerle al otro lo que uno mismo puede padecer. Para sobrevivir en la jungla, por las dudas, tomemos la iniciativa.

Primero yo. Primero pego, ataco, asesino, después pregunto, o ni siquiera. ¿Para qué?, ¿lo harían conmigo?, piensan todos y cada uno.

La confianza no ayuda en esos lares, la nobleza tampoco. En los territorios de la ignominia el gran valor es el miedo, pero no el propio, el del otro. El miedo ajeno protege y genera poder en quien lo inspira. Los hombres armados hacen gala de sus falos de hierro y fuego, y amenazan seguros, sonrientes, cínicos, para ocultar el pavor a estar vivos. Por eso torturan y violan, cortan en pedacitos, así, lentamente a la víctima inerme. Gozan estar cerca lejos de la muerte. Cerca de la ajena, lejos de la propia, sienten.

Y así siguen, borrachos de mala entraña, cadáveres móviles manipulados por gente fina de buenos modales que los desprecia. Y para no sufrir, desplazan ese desprecio hacia abajo, hacia el costado, para cualquier lado, como queriendo centrifujar la inmundicia que los ahoga y les mancha las conciencias. En ese laberinto macabro del que no pueden salir, suicidan su humanidad todos los días. Y sin darse cuenta, son parte del mecanismo de la injusticia perenne. Tan descartables como un muerto en una movilización o un centro clandestino de detención.


Daniel Mancuso

jueves, 14 de enero de 2010

ALGO PERSONAL



Cuando se moría la dictadura, mi hermano y yo estábamos trabajando en el club de nuestro barrio, Talleres, en la comisión de Cultura. Era díficil tratar de romper la inercia de un club de futbol, donde lo único que importaba era lo que pasaba en la tabla de posiciones. Las actividades deportivas tradicionales estaban muy por debajo de la prioridad principal: el campeonato de la B. Después, venían la pileta (la estrella), el buffet (imprescindible), los socios vitalicios (los intocables). Allá atrás de todo, en el fondo... las actividades culturales, una obra obra de teatro, toda esa pavada.

De todas formas, no íbamos a aflojar, se venía la democracia y eso no era poca cosa. Se nos ocurrió repartir unas revistitas gratuítas con el fixture, un poco de información del equipo y algunos textos de Galeano o Benedetti. En los entretiempos de los partidos de primera, cuando Talleres jugaba de local, empezamos a poner música, hacíamos la locución en el estadio y le poníamos onda de radio abierta a esos largos 15 minutos, hasta que empezaba el segundo tiempo.

Un sábado pusimos a la negra Sosa, otro sábado al Cuarteto Zupay. Los parlantes del estadio perfumaban el aire con un poco de libertad. Las melodias se mezclaban con el humo de los choris y alegraban la tarde. La cosa parecía funcionar, a través de la música íbamos perdiendo el miedo y tratábamos de compartir un poco de poesía con la tribuna. Una tarde, de no me acuerdo qué partido, sonó "Algo Personal" de Serrat. Al terminar el partido, nos interpela Gerardo Lanata, el presidente del club, a la sazón juez en Lomas de Zamora. Su enojo se debía al reproche del comisario de Remedios de Escalada, quien se sintió ofendido debido a nuestro mal gusto al poner la canción del catalán. Lanata sabía que no éramos ingenuos y que las canciones no eran casuales. Nos pidió la renuncia y nos tuvimos que ir de la comisión de Cultura. Supusimos que nuestros compañeros se iban a solidarizar con nosotros e iban a renunciar en masa: Nada. El no te metás ganó otra vez. También, ganó el Comisario.






Probablemente en su pueblo se les recordará
como cachorros de buenas personas,
que hurtaban flores para regalar a su mamá
y daban de comer a las palomas.

Probablemente que todo eso debe ser verdad,
aunque es más turbio cómo y de qué manera
llegaron esos individuos a ser lo que son
ni a quién sirven cuando alzan las banderas.

Hombres de paja que usan la colonia y el honor
para ocultar oscuras intenciones:
tienen doble vida, son sicarios del mal.
Entre esos tipos y yo hay algo personal.

Rodeados de protocolo, comitiva y seguridad,
viajan de incógnito en autos blindados
a sembrar calumnias, a mentir con naturalidad,
a colgar en las escuelas su retrato.

Se gastan más de lo que tienen en coleccionar
espías, listas negras y arsenales;
resulta bochornoso verles fanfarronear
a ver quién es el que la tiene más grande.

Se arman hasta los dientes en el nombre de la paz,
juegan con cosas que no tienen repuesto
y la culpa es del otro si algo les sale mal.
Entre esos tipos y yo hay algo personal.

Y como quien en la cosa, nada tiene que perder.
Pulsan la alarma y rompen las promesas
y en nombre de quien no tienen el gusto de conocer
nos ponen la pistola en la cabeza.

Se agarran de los pelos, pero para no ensuciar
van a cagar a casa de otra gente
y experimentan nuevos métodos de masacrar,
sofisticados y a la vez convincentes.

No conocen ni a su padre cuando pierden el control,
ni recuerdan que en el mundo hay niños.
Nos niegan a todos el pan y la sal.
Entre esos tipos y yo hay algo personal.

Pero, eso sí, los sicarios no pierden ocasión
de declarar públicamente su empeño
en propiciar un diálogo de franca distensión
que les permita hallar un marco previo
que garantice unas premisas mínimas
que faciliten crear los resortes
que impulsen un punto de partida sólido y capaz
de este a oeste y de sur a norte,
donde establecer las bases de un tratado de amistad
que contribuya a poner los cimientos
de una plataforma donde edificar
un hermoso futuro de amor y paz.







Daniel Mancuso


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