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sábado, 22 de septiembre de 2012

LAS MALAS COMPAÑÍAS INTOXICAN

















Eduardo Fidanza es un tipo serio. Dirige una consultora importante llamada Poliarquía, y publica sus opiniones en la Tribuna de Doctrina asiduamente. Entonces, ¿qué le pasó? ¿por qué desvaría en un texto obnubilado por las alucinaciones? Quizás, no debería escribir cuando está fumado o bajo el efecto de estupefacientes, a riesgo de sufrir alteraciones profundas en la percepción de la realidad. El uso de los sicotrópicos nubla la razón y a veces, hace estragos en la capacidad de entendimiento.

Fidanza empezó su prosa onírica con los espejos, el populismo, Freud, espejos, Shakespeare, espejos... y llegó a la marcha anti K del 13/9, acercándose peligrosamente al estilo barroco de Jorge Fontevecchia, quien cita alegremente a personajes ilustres en cada una de sus notas (dando una imagen de texto académico), pero que en sustancia son pobres, con análisis falaces, y fácilmente olvidables.


      «...Sin embargo, bien mirado, existe un inquietante parecido de familia entre el modo de construcción política del Gobierno y el que exhibieron los caceroleros. Según los teóricos del nuevo populismo, el movimiento surge cuando las demandas sociales devienen en reclamos políticos. Si el sistema institucional no puede responder solicitudes aisladas -por ejemplo, vivienda, salud, educación-, se dan las condiciones para convertir lo diferente en equivalente bajo consignas generales, como justicia, libertad, igualdad. Un anhelo compartido de cambio y reivindicación enlaza las angustias particulares y las canaliza en una manifestación unificada. Los demandantes se constituyen entonces en "pueblo"; el pueblo encuentra a sus líderes y éstos dibujan una línea que divide a la sociedad entre "ellos" y "nosotros". Ellos, los culpables de la desgracia social; nosotros, sus víctimas. No hay transacción posible. 

      Simbólicamente, si ellos prevalecen, nosotros moriremos; para sobrevivir hay que destruirlos.     »Este libreto, con variaciones, es el que siguió Néstor Kirchner a partir de 2003, luego de la trágica crisis de principio de siglo. Ahora, del otro lado de la línea parece estar conformándose otro "pueblo". El de los humillados y ofendidos por el desprecio, la inflación, el delito, la corrupción, el descuido de los bienes públicos, las trabas a la libertad de comerciar y expresarse. No alcanza con desecharlos recordando su procedencia social. Disimulado con recursos infantiles, el pánico que lleva a descalificarlos proviene de la fuerza movilizadora que demostraron. Pueden sumar con el mismo método que usó el kirchnerismo hace una década: unificando bajo lemas sencillos múltiples demandas, hasta cercar con reclamos a un modelo que ya no les ofrece respuestas. El populismo encuentra su espejo. Y con él, la acechanza...»



Además, Fidanza debería tener más cuidado con las compañias que frecuenta. Carlos Pagni que comparte la redacción con él, está siendo investigado por integrar una banda de una compleja organización clandestina de espionaje que hackeó cientos de correos electrónicos de los más altos funcionarios de Gobierno, desde secretarios y ministros hasta la propia presidenta Cristina Kirchner. Pagni era uno de quienes consumían y difundían el contenido hackeado a sabiendas de su “origen espurio”, y  fue procesado por encubrimiento y revelación de secretos, por la jueza federal de San Isidro, Sandra Arroyo Salgado.

Malas compañías y drogas, un cóctel venenoso. Los alucinógenos producen sus efectos nocivos interrumpiendo la interacción de las células nerviosas y el neurotransmisor serotonina. Distribuido por el cerebro y la médula espinal, el sistema de serotonina está involucrado en el control de los sistemas de conducta, percepción y regulación, incluyendo el estado de ánimo, el hambre, la temperatura corporal, el comportamiento sexual, el control muscular y la percepción sensorial.

Para finalizar, parafrasearemos a Fidanza: «El análisis de Clarín y La Nación sobre las cacerolas sigue el canon del psicoanálisis freudiano: negación y conversión en lo contrario. Un mecanismo de defensa clásico, propio del yo infantil. Para negar es preciso alucinar: la protesta no es un complot de los grandes medios de comunicación para destituir al Gobierno; los que se lanzaron a la calle no responden a oligarquías enemigas del interés general; no es verdad que nada los unifica, sus demandas no están dispersas y no responden a fines egoístas... ellos son el pueblo»







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