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viernes, 22 de enero de 2010

DEPRESIÓN



Tengo una tía que vive deprimida desde que murió su hijo Alberto, hace 30 años. Tuve una madre que se deprimía seguido. La anoté en un gimnasio y aprendió a pedalear a los 70, en la bicicleta fija, y se olvidó de todo. Parecía una nena con chiche nuevo. Tengo una amiga depresiva, un vecino depresivo, un pasado depresivo. Hasta me escapé de una novia subacuática que llamaba a su analista desde Villa Gesell, todos los días, para exorcizar su angustia existencial, ella sentía una cosa acá (en su pecho) que le quitaba el sueño. Un topo doliente, una porquería.

Yo también, alguna vez, anduve recorriendo tristezas. Dormía mucho cuando podía, me desvelaba bastante y me dolía todo, al despertar. Y volvía a empezar sin encontrarle la vuelta a una nube de contrariedades que me mareaba los días y me ponía irascible, amargado. A otros les pega distinto, ya sé. Cada loco con su tema.

Lo que infiero de la observación de los otros y de lo que rescaté en el espejo, es que hay demasiado ombligo dando vueltas. Cada cual tiene uno bien grande que le ocupa los pensamientos más de la cuenta. Y entonces desaparece el mundo, y quedamos solitos navegando en un mar de ansiedades y sufrimientos inenarrables. Naufragamos y nos ahogamos en las propias lagrimas que nos asfixian pero no mucho, para poder seguir ahogándonos en un círculo vicioso de adicciónes autocomplacientes, lástima por nosotros mismos, una sobreactuación inconciente para que se note que sufrimos, construcción de una caparazón selectiva y antojadiza, histeria adolescente o gataflorismo crónico.

Dejando de lado los componentes genéticos y/o bioquímicos, los loquitos sueltos que andan por el mundo, pueden trabajar sobre la propia estupidez y tratar de ser felices. No te agarres la cabeza. ¿Querés una piqueta para abrirla?... es un chiste, che.

Si la cueva de nuestra individualidad esta cerrada por reparaciones, de vacaciones o clausurada, difícil que entre alguien. Sufrir es un ejercicio que necesita mucha concentración, y el otro te distrae. La soledad es lo mejor para estar deprimido, nadie pregunta, nadie molesta.

¿No te interesa lo que me pasa? Qué vida de mierda. Dejame en paz, ¿querés? Ay ay ay.

NO fue, no está, no se dio, se terminó, nunca más... por qué, por qué, por qué. A veces, los por qués obsesivos lastiman inutilmente. Ya está, qué hago con esto ahora, cómo resignifico para avanzar y no quedarme regodeándome en la duda, el silencio, la inacción, el miedo, la tristeza.

¿Estaría deprimido el Che en la sierra? ¿Tendrá tiempo de deprimirse el obrero, el albañil? Si tenés que sobrevivir no podés distraer recursos. ¿Será la depresión una deformación burguesa originada en el sinsentido de una vida inauténtica? ¿Cuándo dejé de disfrutar lo que hago? ¿NO tendré demasiado Pasado ocupando mi presente? ¿O demasiado consumo llenando mis vacíos? ¿O demasiado trabajo, estudio, lo que sea, apabullando mis tribulaciones, retroalimentándolas, recreando congojas?

No son preguntas antojadizas. Es que, si el afuera nos ocupa y nos estimula, se rompe la cáscara que nos aisla y ya no fermentan los malos sentimientos. El aire y el sol no se llevan bien con la melancolía. Y los otros, los demás. El mundo son los otros. Sin los otros, qué pobre vida nos queda. Si no interactuamos y nos dejamos atravesar por la energía extranjera que promueve las ganas de vivir, y expandirnos plenos de felicidad creadora, porque estamos demasiado ocupados en sufrir y hacernos mierda, habremos hecho una mala elección.

Y al fin de cuentas, cada uno elige su propio infierno.


Daniel Mancuso


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