miércoles, 16 de enero de 2008

PARA QUE...


...Escribo, construyo con garabatos un dique contra el olvido, intento vanamente detener el torrente que todo destiñe. Palabra tras palabra, las imágenes se mezclan: remembranzas descoloridas de dudosa existencia (a veces), se diluyen en el presente remoto de mi mente. Resucita una retahila de presencias, situaciones inconexas, como una película vieja que vi hace mucho, tengo frescos sólo pedazos, partes sueltas.

Las historias que mi viejo me contaba se dibujan claramente en la pantalla, las escenas aparecen y cobran vida (aunque nunca estuve ahí, es todo tan claro), se visten de colores, respiran. Cuando fui protagonista, cuando ese que se parece al de hoy (muy poco, salvo la imagen, más gastada ahora, menos pelo y todo eso) se sentía inmortal, el aire tenía olor a nuevo, los eucaliptus olían a eucaliptus y la noche lucía más estrellada y hermosa. Y si no fue así, no me importa, me permito el aserto porque con mis recuerdos hago lo que quiero.

Herido por el sino indefectible, abandoné en el pasado vivencias intensas que me gotean por toda partes, desde siempre, empapado despacio por la garua lenta de la vida. Y se quedan por allí, huérfanas, sin que nadie las reclame. Pero también, de repente aparecen detonadas por la casualidad inesperada (una casualidad como dios manda) y me llenan de gozo y las abrazo.

De vez en cuando, El sol entibia las figuras y se evaporan formando una niebla rala, que se cuela entre mi pensamientos el día menos pensado y me lleva al territorio de la añoranza.

Quizás una mañana me despierte y deba tomar el cuaderno y leer para saber quien soy. Seré un náufrago en los mares del olvido y mi cuaderno el antídoto a la senectud.

Los cortocircuítos sinápticos bombardeando los anales de mi biblioteca vital no podrán avanzar. Resistiré. Seguiré garabateando sandeces para aliviar la pena. Esta cuenta regresiva que a nadie le gusta y a mí tampoco, no me va a sorprender distraído. Estaré escribiendo futuros para ser recordados por algún sensible militante de la historia. Y si eso no sucede, tampoco importa demasiado, no estaré para quejarme y entonces me ne frega.




lunes, 14 de enero de 2008

TIEMPO DE DISTANCIAS

Aprovechó una tarde que estaba solo y se puso a escribir. La computadora lo ayuda a desentrañar sus malestares, pero ella no lo sabe. Quizás piense que pierde el tiempo mirando videos musicales o contestando el correo electrónico. Ella no imagina que lo que en realidad está haciendo es retrolimentarse para poder vomitar lo que lleva adentro. Es un arduo trabajo.

Estuvo muchos años sin poder teclear una oración. ¿Con la birome? Ni hablar, es más difícil para él. Se le pierden las imágenes y se le mezclan las ideas. Al final, se encuentra con un refrito de pensamientos contradictorios, hace un bollito y: ¡¡¡doble!!!

En cambio, en la pantalla puede: copiar, borrar, intercalar, guardar y si quiere cambiar y volver a lo anterior, es un juego maravilloso. Se siente espectador privilegiado frente a una obra de arte desconocida y descubierta por su talento. El curador de su propia exposición. Aunque a veces, disgustado por el fracaso frente a su autocrítica, manda el documento a la papelera, y a otra cosa.

Pero esta vez lo logró. Pudo expresar algunas ideas coherentes y sentirse satisfecho. Pudo hablarle desde el corazón y desprovisto de bronca:

Amada, no creo que puedas entenderlo (si pudieras hacerlo no sucederían las estériles discusiones tan a menudo, tan repetidas, tan aburridas por lo conocidas y poco sorprendentes).

El trabajo de descubrir la vida encerrada en un recuerdo, el sustraer el tesoro escondido en las cavernas más profundas del alma, exige ciertas necesidades básicas: paz interior para navegar las aguas calmas de la propia historia y así arrivar a las costas ocultas de las vivencias dormidas en el olvido. Confianza en que tus compañeros de ruta no te boicotearán el viaje, porque va de suyo que todo el afuera constituye un piélago oscuro que no ayuda a la creación.

¿Para qué escavar la vida pasada en busca de los pilares de la propia existencia si están disueltos en los vientos del tiempo y quién sabe por dónde estarán sonando los ecos del pasado, por qué extraño rincón del universo se amontonan los signos vitales que fuimos, brillando cual estrella apagada a pesar de estar muerta?

En su lucha contra los agujeros negros, los filósofos se gastaron el aliento tratando de encontrar algunas respuestas a tanta incertidumbre y quizá por eso, desde las cavernas, nuestros antepasados inventaron el arte para aliviar el dolor y la angustia que empañan al destino. Con las manos pintaron rocas, modelaron barro, tallaron madera... después vino la palabra. Y los soles de la eternidad fecundaron los papiros, luego los libros y las historias (hasta que los malnacidos se dieron cuenta de que la ignorancia es inversamente proporcional a la imaginacion), entonces muchos sotretas quisieron apagarle la luz a la posteridad. La palabra, la propia palabra libera. Eso es peligroso, casi siempre, pero necesario.

Es decir, que la envidia existe, existe. Que la gente es mala y comenta, también. Que la condición humana deja mucho que desear y en su nombre atormentamos impiadosamente existencias ajenas (ahora que vengo bajando la montaña de la vida, hacia no sé qué valle final, me brota más verde esa certeza) es una verdad de perogrullo (y de pesar... Ni yo estoy contento conmigo. Cada mañana me miro y me desconosco. Soy diferente a la idea que tenía de mí mismo. Hay muchas miserias mías que desapruebo y me son incontrolables. Ay, maldito inconciente, ¿por qué sos tan taxativo?)

Pero el amor, ese que uno busca toda su vida para poder capear la soledad inextricable que exacerba nuestras conciencias, ese que sofoca los miedos ocultos en nuestro infierno interior, ese fluído inquieto que remonta los badenes del alma, y nos cobija y flotamos haciendo la plancha de cara al sol, ese, no debe perder la esperanza firme que depositamos en él, la seguridad que se tiene en que una persona va a actuar o una cosa va a funcionar como se desea. Porque si mi amor pierde la confianza yo me sentiré derrotado en esta selva canibal.

El amor que construímos en este tiempo juntos es nuestro chinchorro secreto que cabalga las olas de la tristeza, nos aleja de los remolinos de la muerte y nos permite encontrar alguna playa tranquila. Si se lo lleva la marea, si las distintas tormentas lo zarandean contra los riscos, es posible que no vuelva a navegar como antes o se hunda, catastróficamente, en un charquito sucio.

Con amor, si no, para qué todo ...


domingo, 13 de enero de 2008

LAS PALABRAS



-¿Para qué sirven las palabras? Si desde que tenemos memoria, es decir, desde que tenemos palabras las cosas no han mejorado. Si vibran desde hace tanto tiempo sin haber podido contribuír en favor de la justicia, de la razón y de la cordura. ¿Para qué sirven?

-Hombre, no seas tan negado, las palabras iluminan el cielo del tiempo y lo colorean de poesía, ¿Cómo para qué? Ah, la poesía... Qué sería de la vida sin poesía...

-¿La poesía es como un maquillaje para las almas pálidas, para trocar lo lívido en rosado?

-No, es más que eso, es el agua subterránea que recorre zigzagueante los misterios de la carne, la atraviesa y tiñe de humanidad las conciencias. Es la cascada inquieta que despega los pesares, barre la desdicha y refresca el dicernimiento. Si es barrera, palo, piedra, no es culpa suya. La palabra que no une, que no juega, que no ríe, es palabra muerta. Y si está muerta, alguien la mató. Ella no tiene la culpa, es víctima de la miseria humana. Los miserables son asesinos, entre otras cosas, de palabras. Y todos somos un poco miserables.

-Entonces necesito palabras para explicar... (yo sé que uno habla de sí mismo con las acciones que realiza, pero ¿hablaran mis acciones de mi pavorosa soledad transmutada en amaneceres sorprendentes de días inéditos con ocasos milagrosos y noches mórbidas, desde que te descubrí como colón, por casualidad, porque yo iba hacia el este y me encontré el paraiso sin darme cuenta), para ilustrar mi dicha consuetudinaria que no necesita palabras.

No soy muy afecto a verbalizar lo que siento. Durante mucho tiempo, sólo construí oraciones banales en charlas insustanciales, con una prosa melindrosa y pseudo ilustrada para seducir ilusiones desprevenidas. Quizá se deba a años y años de soltería desorientada, de locuacidad inerte al sólo efecto de atrapar la presa del momento, saborear un sexo espurio y preparar la fuga silenciosa.

Sin embargo, a veces las palabras son como las flores que asoman tímidamente la primavera, y anuncian las fragancias por venir. Como el colibrí inasible que vuela la tarde verde y baila entre las hojas como la luz, y vuelve y se va.


Necesito las palabras recónditas disueltas en la existencia, que hablan de las primeras cosas: el sol, la paz, la ternura, la paciencia, el sufrimiento, la experiencia, el amor y la lluvia... ( todo lo que emanan tus ojos desde que sonreíste entre cabezas extrañas en un cumpleaños lejano, cuando te conocí).

Necesito las palabras para eternizar tu risa, para recordarla cuando no te veo, para reconstruir las caricias que me rozan como una brisa crepuscular cada vez que desfallezco. Y me sopla alientos endorfínicos para aliviar mis penas. Y subo, subo, hasta la felicidad, que es el lugar donde uno encuentra la certeza, la confianza y el coraje.

Necesito las palabras para explicar que un hombre sólo es un hombre cuando completa la fórmula a+b = c (donde a soy yo, b sos vos y c es la hermosa progenie que deseamos concebir y sonríe entre los barrotes de su cuna prestada cuando despierta en la mañana e ilumina mi ser, sofoca mis pesares, enjuaga mi alma y me deja fresquito el resto de la jornada).

A decir verdad, a+b=c es todo lo que necesito, el resto es propaganda. La fórmula mágica rectifica el pasado, lo esfuma con tintes melancólicos y libera el camino para la gran marcha por la conquista de las sorpresas que están por llegar.



viernes, 11 de enero de 2008

HABÍA UNA VEZ...

Quizás parezca un cuento de ciencia ficción. O un sueño desvelado por su propia imposibilidad. Pero fue verdad. Hubo un tiempo, una vez, en que la gente fue feliz. Yo lo fui. Era todo tan simple y llano como la escarcha en el pastito de la vereda, a las siete y media de la mañana, cuando iba al colegio en pantalones cortos aunque hiciera mucho frío y cursara sexto grado, porque mamá decía que todavía era chico para usar los largos. En el colegio algunos pibes me cargaban porque yo era el único del grado que mostraba las piernas. Para mamá no había invierno ni ocho cuartos, ella agarraba la botella de alcohol fino y me refregaba las piernas y chau, a la calle. Eran días iguales a estos de ahora, el sol brillaba de la misma manera que lo hizo hoy a la tarde, y el olor a tierra mojada que antecede a las lluvias de verano es siempre el mismo. Si hasta las noches de luna con el cielo limpio y estrellado son tan hermosas como lo eran entonces. Pero la gente era distinta. Eso cambió. O tal vez, el tiempo y la memoria gastada tienen la virtud de transformar a la gente en buenas personas y se imprimen en nuestros recuerdos bañados en caramelo. Sin embargo, esa gente, ese país, eran retazos de un mundo menos malo que el actual, quizás porque el proceso de descomposición no estaba tan avanzado. Quizás porque mis ojos de niño ingenuamente guardaron sólo lo bello.

A veces, el papá de Oscarcito nos llevaba a la escuela en auto, era un Renault Dauphine cremita que tenía un olor a limpio, olor a nuevo, que todavía olfateo. Otras veces, mi hermano y yo íbamos en el colectivo amarillo que pasaba por la esquina, eso me gustaba, un día subía primero y otro día no, tratando de embocar el boleto capicúa. Y, oh fortuna, siempre me lo sacaba yo.

A la tarde, cuando el calor se hacía soportable, mamá me llevaba hasta la avenida, cerca de la estación, donde había algunos negocios, y la cooperativa del Hogar Obrero, una especie de supermercado chiquito. La calle que conducía a la avenida, Beltran, tenía tiendas y tintorería, mercería y todo eso. La libreria La Central, en una esquina, era mi preferida. Me gustaba mirar las vidrieras llenas de lápices de colores, cartucheras, plumas y tinteros, témperas y pinceles, cuadernos y libros de lectura. Allí, siempre me compraban algo: una goma de borrar perfumada, un perrito sacapuntas, unas fibras de colores, mi primer juego de damas...


A la vuelta, caminando por un barrio cualquiera , por una calle cualquiera, por un lugar que nunca había conocido, sentía que no era ajeno. Era mi lugar aunque no lo fuera, respiraba en el aire cordial de ese barrio extraño una tranquila invitación a la familiaridad. Al pasar por la vereda, cuando una señora gorda tomaba el fresco apoyada en el pilar de la entrada a su casa chorizo con ligustrina al frente, o un señor se sentaba en su sillita de mimbre con la pava de aluminio y el mate de lata y el perro pulgoso haciendo fiaca a sus pies, yo saludaba amistoso como quien no quiere la cosa: buenas tardes. Las mágicas dos palabras: buenas tardes. Y los desconocidos vecinos me saludaban sonrisa al viento y gentilmente me acariciaban al pasar, como una palmada en la espalda con sus cálidas dos palabras: buenas tardes.

Yo era feliz. Papá estaba en la zapatería haciendo composturas, alguna media suela, algún taco de goma, alguna costura. Mamá cocinaba unos fideos riquísmos, baldeaba el patio, o colgaba la ropa en la terraza y regaba las plantas en sus macetas de cemento. Yo jugaba con mi patruyero de lata y sirena aguda tirado en las baldosas del patio, chocando mis autos de carrera rellenos de macilla o mis bolitas japonesas perdidas entre los muebles.

Ya más grande, jugaba a la escondida a la vuelta de casa, cantábamos piedra libre en lo de Roberto y Kiki que vivían casi en la esquina, frente al paredón de la cancha de Talleres. Teníamos nuestro territorio: una cruz de una cuadra para cada lado, en el centro, la casa de los chicos, y en una pared del frente, contábamos hasta cien para que todos se escondieran. Cada escondida duraba 2 horas o más, hasta que encontraban a todos. Lo mejor era meterse en la fábrica abandonada, la fundición, que tenía salidas por varias partes, o un terreno baldío que era muy buen escondite. También estaba la casa de don Mamut, que era un tipo muy sucio, muy viejo y no se daba cuenta que nos metíamos adentro, mientras él fumaba sus cigarros apestosos sentado en la vereda. Y había un par de paraísos muy frondosos donde era imposible que te descubrieran si te subías bien alto. El asunto era pasar la tarde escondido todo lo que se pudiera, mudarnos de madriguera, saltar paredes, cagarnos de risa.

Una vez, cerca de la primavera, cuando los paraísos estaban llenos de bolitas verdes, se armó una trifulca grandiosa: éramos dos bandos de 8 a diez cada uno y cargados de proyectiles y nuestras gomeras respectivas empezamos una batalla fenomenal. Una lluvia verde alfombró la calle de bolitas. La calle que era nuestra, mutaba en canchita para jugar un picado o un cabeza, o un partido a la paleta o una mancha venenosa. Sólo de vez en cuando, algún auto distraído se atrevía a interrumpir semejantes acontecimientos.





jueves, 10 de enero de 2008

Christian von Wernich: RECLUSIÓN PERPETUA






El sacerdote católico Christian von Wernich se escudó detrás de su papel de religioso de la Iglesia católica al proclamar su inocencia antes de que se dicte la sentencia en el juicio que se le siguió por violaciones a los derechos humanos durante la dictadura militar argentina (1976-1983).

Von Wernich fue juzgado por el Tribunal Oral Federal número 1 de La Plata, por su participación en 6 casos de homicidio, 31 casos de torturas y 42 de detenciones ilegales en centros clandestinos de detención durante la dictadura militar. Al hablar antes de que el tribunal dicte sentencia, Von Wernich, protegido con un chaleco antibalas, cuestionó los testimonios de los sobrevivientes que declararon en su contra al afirmar que "el testigo falso es el demonio, porque está preñado de malicia".

Es el primer sacerdote en ser juzgado por su participación en la represión ilegal durante la dictadura. Intentó exculparse al asegurar que "en 2.000 años de historia ningún sacerdote de la Iglesia Católica Apostólica Romana violó los sacramentos". Y aseguró sin ruborizarse: "Si queremos llegar a la verdad, hagámoslo con paz. El hombre que quiere reconciliarse necesita paz".

Y continuó Von Wernich cínicamente: "en caso contrario, va a obrar con el corazón herido y lleno de problemas".

La defensa del sacerdote solicitó su absolución, después de que la fiscalía y los abogados demandantes pidieran al tribunal que le condene a cadena perpetua por su actuación como capellán de la policía de la provincia de Buenos Aires durante la dictadura militar.


MALDITO TU ERES

"Voy a estar rezando por tu alma", prometía Christian Von Wernich a los detenidos desaparecidos que visitaba en los centros clandestinos de detención. Pero la bendición en sus labios era, en realidad, un grito de guerra. El sacerdote Christian Federico Von Wernich, capellán de la Policía de la provincia de Buenos Aires durante la última dictadura y confersor del coronel Ramón Camps, tenía otras misiones además de las plegarias. Colaborador activo de las fuerzas represivas en La Plata, Von Wernich era el encargado de "convertir" a los detenidos. Hoy está acusado de 33 secuestros y 19 homicidios.

Hernán Brienza compone un retrato descarnado del personaje, convertido en símbolo de un proyecto de país: el de la cruz y la espada. "Maldito tú eres" es el resultado de una puntillosa investigación periodística realizada en la Argentina y en Chile, donde se suceden una tras otra escalofriantes revelaciones de los testigos y de las víctimas de la represión ilegal que sobrevivieron a la pesadilla. Entre ellas el testimonio que incrimina al sacerdote definitivamente en el homicidio múltiple del llamado Grupo de los Siete, un puñado de jóvenes militantes que estaba bajo su "protección". Éste es un documento que aporta una nueva mirada sobre la relación estrecha entre el Proceso de Reorganización Nacional y la Iglesia Católica argentina.

Hernán Brienza nació el 11 de febrero de 1971, en Buenos Aires, Argentina. Estudió Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires y Periodismo en TEA. Trabajó en las secciones Policiales e Internacionales del diario La Prensa y en el diario Perfil. También hizo periodismo digital en El Sitio y UOL. Fue redactor de la revista 3 puntos de las secciones Política y Cultura: y en la revista TXT, en las áreas de Sociedad y Artes. Actualmente es colaborador en las revistas Lezama, Acción y Le Monde diplomatique. Conduce junto a Jorge Sigal el programa “Antes de que sea tarde”, por FM Identidad 104.3.


hbrienza@editorialmarea.com.ar




FOTO DEL LIBRO
















El nuncio apostólico Pio Laghi y el entonces arzobispo de Buenos Aires, Juan Carlos Aramburu departen amablemente con los jerarcas del Proceso, Jorge Videla, Leopoldo Galtieri, Omar Graffigna y Armando Lambruschini. El silencio de la Iglesia argentina frente a las violaciones a los derechos humanos fue fundamental para que la dictadura llevara adelante su plan de exterminio de la “subversión”.




lea también...



1
El Padre Luis Farinello denunció que Von Wernich aún da misa



2
En esta Iglesia, por ejemplo, el sacerdote Christian Von Wernich sigue dando misa. Condenado por crímenes de lesa humanidad en 34 secuestros, 37 casos de tortura y siete homicidios calificados, crímenes cometidos en ejercicio de su sacerdocio, escondido y protegido por la Iglesia argentina hasta que lo encontraron dando misa en Chile, preso en el penal de Carlos Paz junto a otros asesinos seriales de la dictadura, Von Wernich sigue dando misa. Bergoglio nunca lo sancionó. Así como el cardenal Aramburu suspendió las licencias sacerdotales de Yorio y Jalics pocos días antes de que los chuparan, el cardenal Bergoglio nunca suspendió ni un día la licencia sacerdotal de Von Wernich...




Daniel Mancuso


miércoles, 2 de enero de 2008

IDAS y VUELTAS


¿Y si toda la historia conocida fuera una patética estafa? ¿Será posible que todo lo que existe sea una gran ficción inventada por un dios aburrido para entretenerse en su eterna soledad? Quizá un día cuadriculó el planeta: blanco, negro, blanco, negro... y cada uno a su casillero vitalicio. En este ajedrez milenario los humanos quedamos atrapados indefectiblemente. Y con el juego llegó la trampa. Dejó de ser un simple pasatiempo: ¿yo, señor? ¿peón? NO señor. Yo quiero ser Rey, o al menos torre.

Hubo quienes descubrieron que alterando las reglas para provecho propio (sin conocimiento del otro) conseguirían beneficios extraordinarios: y aparecieron los primeros golfos. Así, comenzó la corrupción del libre albedrío. El que encontró una cueva o fuego, dejó que unos cuantos se cagasen de frío o en el mejor de los casos, cobró peaje a cambio del servicio. El futuro de la humanidad se vería signado por la dicotomía: premios o castigos (a mansalva).

El paraiso existe, siempre existió. El infierno también. No son lugares bíblicos, son el destino vivencial que nos corresponde por ganar o perder. Es la vida de mierda de millones o el placer y derroche de algunos o una aleatoria gama de grises. Tal vez, el resultado de las infinitas partidas a lo largo de la vida determinen en promedio adónde nos toca ir. A veces, es un viaje sinuoso, otras es directo sin escalas.

Un juego que nunca termina, las piezas se van reemplazando indefinidamente. Se derrama en el río del tiempo y procrea otros juegos y otros y otros, y así sigue.

los diversos ajedreces a través de los milenios retratan el pulso de la historia: peones arrasados, alfiles enloquecidos, torres prepotentes, caballos desbocados, reinas corruptas y reyes sanguinarios. Toda una síntesis del paraiso terrenal.

Es posible que la vida sólo sea un recorrido incierto y tortuoso hacia no se sabe dónde, encuentro y desencuentro permanente entre los diversos personajes que vamos siendo, que hemos sido.

El espejo me muestra a un desconocido. Ese no es el que yo recuerdo que era. Miro y no encuentro al que fui o creo que fui ¿A dónde se fue ese tipo simpático con la sonrisa puesta y las ganas de conquistar el universo? ¿Habré perdido tantos partidos que como castigo me toca envejecer? Tal vez no importe el resultado, el de arriba se divierte con nosotros, le gusta que sudemos, ni el hijo se salvó.

¿En qué se parecen el joven militante revolucionario con una mirada unívoca y dogmática que ansiaba algún día ver los rostros felices de miles de olvidados compatriotas (de sufridas caras gastadas por la injusticia, tan vieja que nadie sabe cuando empezó), y el adulto padre de familia, levemente pusilánime (decepcionado por la marcha de la política nacional e internacional, que mira las noticias por televisión), preocupado por las cuentas y el costo de la vida. Uno es partisano del mundo que lucha contra el piojo global cualquiera sea su nombre. El otro, humilde conformista, cuyo universo llega a la línea municipal, donde empieza el abismo vereda.

¿El asiduo ciclista cuarentón que recorre impertinente la ciudad entre los insensibles conductores de pie inflexible y mirada desdeñosa, es distinto al adolescente barbado, fumador insaciable, que toma ginebras con amigos y trasnocha a diario y duerme muy poco para aprovechar la vida?

Y sin embargo, todos son el mismo tipo. Todos nadan en la misma cabeza, ¿en el mismo espacio tiempo? A veces sí, se superponen, regresan del pasado, desplazan al titular y toman la posta o pelean para imponer sus cualidades bien diferentes o intentan sacar la cabeza del pozo ciego pero no se animan y se van silbando bajito.

"Vivir es dormir... ¿dormir? quizá soñar..."

A veces, pareciera que la vigilia y el sueño se mezclan, y es difícil reconocer en que andarivel se está. Quizá no hiciera falta preguntárselo, porque no habría diferentes lugares sino sólo una senda plagada de infinitos nosotros atemporales que caminan encimados, empujándose como en la entrada de un recital de rock.

Aunque cueste creerlo, nunca tuve pesadillas. Siempre soñé en positivo: mujeres hermosas poblaron mi fantasía desde que me enamoré en primero superior de la señorita Alicia. A lo largo de los años, todas las tipologías acompañaron mi descanzo: gordas, rubias, viejas, flacas, petisas, tetonas, feas, tontas... y mi sueño las transforma en bellas velantes. Es mi antídoto contra la angustia existencial. De este modo puedo seguir remando entre los casilleros de la supervivencia.

Hoy me desperté sin recordar demasiado lo que había soñado (siempre me pasa) pero con ciertas certezas: yo no soy el que creo. ¿Quién soy? No sé. No sé nada. Pero Él no exíste y si existe es un hijo de puta. Hace miles de años que nadie se puede explicar toda la injusticia. Guillermo se pregunta ¿por qué tanta sinrazón? y responde: por el miedo a la muerte. Mas, ¿si esto es la muerte y soñamos que estamos vivos? ¿Estaré dormido enredado en la telaraña del todopoderoso? Tengo que salir, tengo que velar las armas, como Hamlet...



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