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martes, 16 de septiembre de 2008

JUÁN GOYTISOLO



España y los españoles
(fragmento)

« ... España, el término “España” no abarca por entero la realidad proteiforme de la Península. También es un mito, una palabra que ha envejecido y contra la cual el escritor debe emprender la guerra: una guerra desigual, un combate contra las quimeras, parecido al que libró el caballero don Quijote contra los amenazantes molinos de viento. Y, sin embargo, el mito existe: ahí está, fruto de la laboriosa elaboración del tiempo. En nombre de este mito la casta militar de Castilla se impuso a las minorías divergentes y a las zonas periféricas de la Península a finales del siglo XV. Bajo los Reyes Católicos, el ideal castellano, religioso y guerrero, lleva sucesivamente a la unidad nacional, a la desaparición del último reino árabe, a la expulsión de los judíos, al descubrimiento y a la conquista de América, a las guerras religiosas emprendidas en Europa en nombre de la Contrarreforma. Es un mito que, por su poder, produce un milagro comparable al de la victoriosa guerra santa de los árabes iluminados por la palabra de Mahoma: durante más de un siglo, la realidad parece ceder y doblegarse ante su sola presencia, y, en los dominios españoles de Felipe II, “jamás se pone el sol”. Asombroso vigor del mito, que sobrevive a la ineluctable decadencia del poder militar español. Los españoles más clarividentes, empezando por Quevedo, comprueban la ruina del país: ruina provocada por el mito, cierto, pero ruina gloriosa, embellecida a su vez por el mito y sostenida por él. En medio de una realidad decrépita, que se deteriora más y más, el mito se mantiene intacto y no quiere echarse atrás. Mito sin duda condenable, pero mito generador de distinciones y diferencias: abismo infranqueable entre España y el resto del mundo, circunstancia elevada a la categoría de “esencia”. Unamuno, y en general toda la generación del 98, se mantendrán, en el plano estético, fieles a esta identificación arbitraria, y en 1936, la mitad de los españoles se alzarán, una vez más, para defenderla, atrincherados detrás del mito como tras su última razón de ser. »



El lucernario
(fragmento)

« ...Con anterioridad a su fulgurante carrera política, Azaña había denunciado una y otra vez la identificación de la causa española con la causa católica; la instrumentalización de la historia al servicio del mito; la supuesta necesidad de cerrar filas, predicada por la ortodoxia españolista, contra las conjuras del enemigo; el culto a la verdad establecida e incólume. Los pilares del sentimiento nacional, advertía, se asentaban en bases muy frágiles: la ignorancia de los hechos y un afán exterminador apenas suavizado por la evolución de los conocimientos y las costumbres.

La experiencia de mi adoctrinamiento por los jesuitas y Hermanos de la Doctrina Cristiana en nuestra inmediata posguerra no difería mucho, como dije, de la descrita en El jardín de los frailes. El enemigo -mundo, demonio y carne- nos odiaba por ser españoles e hijos por tanto de la Iglesia católica, apostólica y romana: frente a él no cabían neutralidad ni tolerancia. Menéndez Pelayo, el exponente mejor y más culto de la enseñanza prodigada aquellos años, ¿no habría formulado ya una sentencia -aplicada después con esmero- cuando el lenguaje cedió paso al estruendo de las armas: “La llamada tolerancia es virtud fácil; digámoslo más claro: es enfermedad de épocas de escepticismo o de fe nula. El que nada cree, ni espera en nada, ni se afana y acongoja por la salvación o perdición de las almas, fácilmente puede ser tolerante. Pero tal mansedumbre de carácter no depende sino de una debilidad o eunuquismo de entendimiento”. Eunuquismo de entendimiento: Azaña fue acusado de ello, y de otras supuestas taras, por los defensores de la santa intolerancia, del fanfarrón y demagogo Girón de Velasco al falsario Joaquín Arrarás. Un recorrido por la prensa franquista nos procuraría verdaderas perlas de cultivo en boca de otros matones y de eclesiásticos de “inspiraciones santas”.


La intolerancia de la Inquisición y la monarquía absoluta, rebalsada en los períodos de convivencia entre las guerras carlistas, el canovismo y las primeras décadas del reinado de Alfonso XIII, se volcó de golpe por las compuertas de la presa, abiertas por el alzamiento militar.

En un país de intolerantes, apenas zafado del peso de las excomuniones y condenas de León XIII y sus pares, la matanza de curas e incendio de iglesias por unos y el fusilamiento sistemático de masones, comunistas y ateos por otros, mostraban la superficialidad de los cambios introducidos por la República y el odio que concitaban entre los apóstoles y sayones de la Cruzada. La sociedad española no cambió, primero en términos económicos y luego cívicos, sino en la década de los sesenta. Dicho cambio, silencioso y eficaz, se produjo sin violencia: cuando el Caudillo murió, el país tenía muy poco que ver con el que gobernó con mano de hierro durante casi cuarenta años. El gran crimen de Azaña fue así el de proponer unas formas de convivencia a una sociedad todavía inmadura para ellas y en un contexto internacional claramente desfavorable. »





La Plaza de Marraquech,
patrimonio oral de la humanidad.

Como muestra Bajtín en su admirable estudio sobre el mundo y la obra de Rabelais, hubo una época en la cual lo real e imaginario se confundían, los nombres suplantaban las cosas que designan y las palabras inventadas se asumían al pie de la letra: crecían, lozaneaban, se ayuntaban y concebían como seres de carne y hueso. El mercado, la plaza, el espacio público, constituían el lugar ideal de su germinación festiva. Los discursos se entremezclaban, las leyendas se vivían, lo sagrado era objeto de burla sin cesar de ser sagrado, las parodias más ácidas se compaginaban con la liturgia, el cuento bien hilvanado dejaba al auditorio suspenso, la risa precedía a la plegaria y ésta premiaba al juglar o feriante en el momento de pasar el platillo. El universo de chamarileros y azacanes, artesanos y mendigos, pícaros y chalanes, birleros de calla callando, galopines, chiflados, mujeres de virtud escasa, gañanes de andar a la morra, pilluelos de a puto el postre, buscavidas, curanderos, cartománticas, santurrones, doctores de ciencia infusa, todo ese mundo abigarrado, de anchura desenfadada, que fue enjundia de la sociedad cristiana e islámica -mucho menos diferenciadas de lo que se cree- en tiempos de nuestro Arcipreste, barrido poco a poco o a escobazo limpio por la burguesía emergente y el
Estado cuadriculador de ciudades y vidas es sólo un recuerdo borroso de las naciones técnicamente avanzadas y moralmente vacías. El imperio de la cibernética y de lo audiovisual allana comunidades y mentes, disneyiza a la infancia y atrofia sus poderes imaginativos. Sólo una ciudad mantiene hoy el privilegio de abrigar el extinto patrimonio oral de la humanidad,

tildado despectivamente por muchos
de «tercermundista». Me refiero a
Marraquech y a la plaza de
Xemaá-El-Fná, junto a la cual, a
intervalos, desde hace veinte años,
gozosamente escribo, medineo y
vivo.

Sus juglares, artistas, saltimbanquis,
cómicos y cuentistas son, de modo
aproximativo, iguales en número y
calidad que en la fecha de mi llegada,
la de la visita fecunda de Canetti y la
del relato de viaje de los hermanos
Tharaud, redactado sesenta años
antes. Si comparamos su aspecto
actual con las fotografías tomadas a
comienzos del Protectorado, las
diferencias son escasas: inmuebles
más sólidos, pero discretos; aumento
del tráfico rodado; proliferación
vertiginosa de bicicletas; idénticos,
remolones, coches de punto. Los
corrillos de chalanes se entreveran
aún con la halca entre el humo
vagabundo y hospitalario de las
cocinas. El alminar de la Kutubia
tutela inmutable la gloria de los
muertos y existencia ajetreada de los
vivos.

En el breve segmento de unas décadas, aparecieron y desaparecieron las barracas de madera con sus despachos de refrescos, bazares y librerías de lance: un incendio acabó con ellas y fueron trasladadas al floreciente Mercado Nuevo (sólo los libreros sufrieron un cruel destierro a Bab
Dukala y allí desmedraron y se extinguieron). Las compañías de autocares sitas en el vértice de Riad Zitún -el trajín incesante de viajeros, almahales y pregoneros de billetes, cigarrillos y sánguiches- se largaron también con su incentiva música a otra parte: la ordenada y flamante estación de autobuses. Con los fastos del GATT, Xemaá-El-Fná fue alquitranada, acicalada y barrida: el mercadillo que invadía su espacio a horas regulares y se esfumaba en un amén a la
vista de los emjazníes, emigró a más propicios climas. La Plaza perdió algo de behetría y barullo, pero preservó su autenticidad.

La muerte entretanto causó sus naturales estragos en las filas de sus hijos más distinguidos. Primero fue Bakchich, el payaso con el bonete de colgajos, cuya actuación imantaba a diario al orbe insular de su halca a un apretado anillo de mirones, adultos y niños.

Luego Mamadh, el artista de la bicicleta, capaz de brincar del manillar al sillín sin dejar de dar vueltas y vueltas veloces en su círculo mágico de equilibrista. Hace dos años llamó a la puerta de
Saruh (Cohete), el majestuoso alfaquí y pícaro goliardo, recitador de historias sabrosas de su propia cosecha sobre el cándido y astuto Xuhá: dueño de un lenguaje amplio y sin embarazo, sus tropos alusivos y elusivos vibraban como flechas en torno a la innombrable diana sexual. Su estampa imponente, cráneo rasurado, barriga pontificia, se inscribían en una antigua tradición del lugar, encarnada hace décadas por Berghut (la Pulga) y cuyos orígenes se remontan a tiempos más recios y ásperos, cuando rebeldes y zaínos a la augusta autoridad del sultán pendían de escarmiento en ensangrentados garabatos o se mecían ante el pueblo silente y amedrentado en el siniestro «columpio de los valientes».

Más recientemente, me enteré con retraso de la muerte accidental de Tabib Al Hacharat (Doctor de los insectos), a quien Mohamed Al Yamani consagró un bellísimo ensayo en la revista Horizons
Maghrebins. Los adictos a Xemaá-El-Fná conocíamos bien a ese hombrecillo de cabello ralo y alborotado que, entre sus cada vez más raras apariciones en público, caminaba tambaleándose por los aledaños de la Plaza y roncaba como una locomotora asmática bajo las arcadas de los figones y sus cocinas benignas. Su historia, compuesta de verdades y leyendas, emulaba a la de Saruh: también había escogido como él la vía de la pobreza y erranza, pernoctado en
cementerios y comisarías, pasado breves temporadas en la cárcel -que él denominaba «Holanda»- por embriaguez pública y, cuando se cansaba de Marruecos, decía, empaquetaba sus haberes en un pañuelo y se iba a «América» -esto es, a los descampados contiguos al Holiday Inn-. Su genio verbal, narraciones fantásticas , juegos de palabras , palíndromos, enlazaban sin saberlo con los Makamat de Al Hariri -lamentablemente ignorados por el casi siempre tullido y
menesteroso arabismo oficial hispano- y compartían un ámbito literario que, como ha visto muy bien Shirley Guthrie, conecta las audacias de aquél con la «estética del riesgo» de Raymond Roussel, los surrealistas y OULIPO. Sus parodias del diario hablado de la televisión, la receta del mayor taxín ( estofado ) del mundo, intercaladas de preguntas rituales al público, son un dechado de inventiva y humor. No me resisto a reproducir unos párrafos sobre las virtudes terapéuticas de los productos que aconsejaba al auditorio: no «polvillos de amor» ni «zumos de jeringa» como los curanderos de oficio, sino vidrio molido o ámbar extraído del culo del diablo...
«-¿Y el carbón?
»-Muy útil para los ojos, para el grifo del ágata del iris del ojo, de la iluminación giróvaga del faro ocular. ¡Depositad el carbón sobre el ojo enfermo, dejadlo actuar hasta que estalle, coged un clavo 700, hundidlo bien en la órbita y cuando lo tengáis a punto en la mano podréis ver a una distancia de 37 años luz!
»"Si tenéis pulgas en el estómago, ratas en el hígado, una tortuga en el seso, cucarachas en las rodillas, una sandalia, un trozo de cinc, un revoltillo de polvorín, he encontrado un calcetín en casa de una mujer de Daudiyat. ¡Adivinad dónde lo he hallado!
»-¿Dónde?
»-¡En el cerebro de un profesor!

Pero la pérdida más grave fue el cierre inesperado, durante Ramadán del pasado año, del café Matich: aunque ha corrido mucha agua desde entonces -lluvias, ramblazos, inundaciones- Xemaá-EI-Fná no ha encajado todavía el golpe.

¿Cómo definir lo indefinible, lo que por su índole proteica y cordialidad impregnadora escapa a todo esquema reductor? Su posición estratégica, en la esquina más concurrida de la Plaza, le
convertía en el núcleo de los núcleos, en su verdadero corazón. El ojo avizor abarcaba desde él todo su ámbito y atesoraba sus secretos: las riñas, encuentros, saludos, trapazas, magreos de mano furtiva o de quienes arriman la vara allí donde hallan un hueco, correcorres, insultos, bordoneo itinerante de ciegos, rasgos de caridad. Apretujones del gentío, inmediatez de los cuerpos, espacio en perpetuo movimiento componían la trama renovada de un filme sin fin. Almáciga de historias, semillero de anécdotas, centón de moralidades con colofón en pinza eran dieta diaria de sus asiduos. En él se reunían músicos gnaua, maestros de escuela, profesores de
instituto, bazaristas, jayanes arrechos, pequeños traficantes, pícaros de gran corazón, vendedores de cigarrillos sueltos, periodistas, fotógrafos, extranjeros atípicos, pobres de solemnidad. La llaneza del trato los igualaba. En Matich se hablaba de todo y nada escandalizaba. El trujamán regidor de la taifa poseía una sólida cultura literaria y su atención intermitente a la clientela no
sorprendía sino a los novatos, enfrascado como estaba en la lectura de una traducción árabe de Rimbaud.

Allí viví la cristalizada tensión y devastadora amargura de la Guerra del Golfo, su cuarentena dura e inolvidable. Los turistas habían desaparecido del horizonte y hasta los residentes añejos, con excepción de un puñado de excéntricos, no se aventuraban en el lugar. Un viejo maestro gnaui escuchaba las noticias del desastre con la oreja pegada a su radio portátil. Las terrazas panorámicas del Glacier y el Café de France estaban desesperadamente vacías. Un sol rojo, heraldo de la matanza, se desangraba en los atardeceres y teñía agoreramente la Plaza.

También pasé en él la Nochevieja más leve y poética de mi vida. Me hallaba sentado en su acera con un puñado de amigos y aguardaba bien abrigado la llegada del nuevo año. De pronto, como en un sueño, asomó por la esquina un carruaje sin carga en cuyo pescante un mozo conseguía a duras penas tenerse tieso. Su mirada embrumada se demoró en una muchacha rubia acomodada en una de las mesas. Encandilado, aflojó la presión de las riendas y el carro frenó poco a poco su marcha hasta parar del todo. Como en una escena de cine mudo filmado a cámara lenta, el modesto auriga saludaba a la bella y la invitaba a subir a su armatoste. Al fin se apeó, se aproximó a ella con paso incierto y con un trabajoso madám, madám, reiteró el señorial ademán, el mayestático envite al Rolls o carroza real, a su landó soberbio. La solicitud de los clientes
arropaba su afán, sus viejas prendas transmutadas en galas, el vehículo alígero de su gloria efímera. Alguien intervino no obstante a cortar el idilio y le escoltó del brazo a su puesto. El mozo no conseguía romper el hechizo, miraba atrás, echaba besos y, para consolarse del fiasco, palmeó con inefable ternura los muslos de su yegua (hubo risas y vítores). Luego intentó encaramarse al pescante, lo logró con esfuerzo y al punto cayó de espaldas en la plataforma vacía, enroscado como una bola (nueva salva de aplausos). Varios voluntarios le enhestaron y, riendas en mano, esbozó con los labios un ósculo de adiós a la escandinava deidad, antes de perderse a un trote vivo en el mugriento y olvidadizo alquitrán, en la melancolía de su edén deshecho. Desde la época feliz de las películas de Chaplin, no había disfrutado de una escena así: tan delicada, onírica,
embebida de humor, deliciosamente romántica.

Cerrado el café, los asiduos nos dispersamos como una diáspora de insectos privados de su hormiguero. Los gnaua se apiñan de noche en el asfalto inclemente o se reúnen en el tabuco de un viejo fonduk de Derb Dabachí. Los demás nos confortamos como podemos de la desaparición de aquel centro internacional de culturas, reviviendo episodios y lances de su mítico y esplendente pasado, como emigrados nostálgicos en sus refugios provisionales de exilio. Pero Xemaá-El-Fná resiste a los embates conjugados del tiempo y una modernidad degradada y obtusa. Los halcas no desmedran, emergen talentos nuevos y un público siempre hambriento de historias se apandilla jovial en torno a sus juglares y artistas. La increíble vitalidad del ámbito y su capacidad digestiva aglutinan lo disperso, suspenden temporalmente las diferencias de clase y de jerarquía. Los autobuses cargados de turistas que, como cetáceos, varan en él son envueltos de inmediato en su telaraña finísima y neutralizados por sus jugos gástricos. Las noches de Ramadán de este año han convocado a decenas de millares de personas en su centro y calzadas, alrededor de las cocinas de
quita y pon y en el regateo a grito herido de zapatos, prendas de ropa, juguetes y chucherías. Al claror de las lámparas de petróleo, he creído advertir la presencia del autor de Gargantúa, de Juan Ruiz, Chaucer, Ibn Zaid, Al Hariri, así como de numerosos goliardos y derviches. La imagen
zafia del bobo besuqueando su teléfono celular no afea ni abarata la ejemplar nitidez de su egido. El fulgor e incandescencia del verbo prolongan su milagroso reinado. Mas a veces su vulnerabilidad me inquieta y el temor se agolpa en mis labios cifrado en una pregunta: ¿Hasta cuándo?



Las heridas abiertas
(1998)

Desde hace una década, la doctrina triunfante del ultraliberalismo sobre la panacea de la "mano invisible del mercado" no sólo decide de nuestras vidas y haciendas, sino que, a través de la omnipotencia y ubicuidad de los medios de información, parasita, con un poder de persuasión muy superior al "obvio" denunciado par Marx, el cerebro de la humanidad entera, incluso el de aquellas sociedades y grupos nacionales y religiosos que se oponen a ella y al negarla la establece no obstante como punto indispensable de referencia.

Como observa acertadamente Sami Nair en Las heridas abiertas (El País Aguilar, Madrid, 1998), "la civilización occidental se ha convertido en mundial; a partir de ese momento, Las culturas son locales". Con todo, la civilización técnico material, cuyo principio es producir lo Mismo y lo Idéntico a escala planetaria, engendra, como nos recuerda el autor, unos mecanismos de contradicción insoluble: "al unificar, divide; al integrar, excluye; al desacralizar, da un nuevo carácter confesional; al mundializar, vuelve a nacionalizar". En un momento en el que los heraldos del fatalismo risueño se tragan el sapo de la transmutación de la Tienda Global en Casino Global y del predominio creciente de la especulación financiera y bursátil sobre la racionalidad de las economías nacionales, la situación de exasperada pobreza reinante en Asia, África, Iberoamérica y Rusia y las explosiones de afirmación identitaria y guerras interétnicas confirman la sombría predicción de Octavio Paz: nuestra época es ya la de la venganza de los particularismos.
Al analizar la iniquidad de las relaciones entre norte y sur en el área mediterránea, Sami Nair subraya que el conflicto, contrariamente a las famosas tesis de Samuel Huntington, no es de civilizaciones sino de culturas—tal como lo había advertido hace dos décadas, con su habitual lucidez, el historiador y filósofo tunecino Hichem Djalït , en función de la mayor o menor adaptación de las últimas al modelo civilizador impuesto desde fuera. Poco antes de la guerra civil española, el gran hispanista inglés Gerald Brenan justificaba su huida de la Inglaterra industrial a la subdesarrollada y montaraz Alpujarra con el argumento, plenamente defendible en el plano creador y subjetivo, de que encontraba en la última una sociedad que anteponía "Las necesidades más profundas de la naturaleza humana a la organización técnica necesaria para procurar un mayor nivel de vida". Según él, "un aumento del nivel de vida [sería] un pobre sustitutivo de la pérdida de la primitiva comunidad de sentimientos y los aldeanos españoles [eran] lo bastante sensatos para saberlo". Obviamente, Brenan se equivocó de media a media y España adoptó razonablemente la organización técnica indispensable a la creación de riqueza a costa de su presunta autenticidad. Cierto que el rápido acceso a las ventajas materiales se produjo sin una preparación ético cultural adecuada y nuestro país de nuevos ricos, nuevos libres y nuevos europeos ofrece a menudo el rostro poco ameno de una sociedad tan arrogante como reacia al saber y a las normas democráticas. Mas esto es arena de otro tremedal. A diferencia de España y su tardía pero veloz aceptación de la ética calvinista, la cultura araboislámico, ajena también desde hace siglos como la nuestra a la innovación técnica y la creación científica y filosófica, no ha sabido encarar tal desafío. Las razones de dicho fracaso son a la vez internas y externas. Como dice Sami Nair refiriéndose a Los Estados árabes y más concretamente a Argelia, el discurso republicano laico y positivista fue desmentido desde el comienzo por la brutalidad e injusticia de la colonización: "si la República [francesa], con el pretexto de la laicidad, excluía a los musulmanes argelinos de las prerrogativas de la ciudadanía para preservar en realidad el sistema colonial, apartaba con ello de su horizonte espiritual a la laicidad misma; esta era asimilada a la empresa de aculturación emprendida por los colonizadores. Y de rebote, el Islam frustraba su propia revolución secular". En el momento de la independencia de la República argelina "democrática y socialista", sólo Budiaf y la Federación del FLN en Francia defendieron el carácter laico del Estado. Tras el golpe de Bumedián, la dictadura de un ejército que destituye conforme a sus conveniencias a los máximos representantes del poder civil (de Ben Jeda a Chadli Benyedid), los encarcela (como a Ben Bella), los asesina (como a Budiaf), perpetúa con máscaras distintas la antigua separación colonial entre europeos y musulmanes: la oligarquía militar y la llamada mafia político financiera actúan como una gran bomba aspirante que atrae a sí cuantas partículas de poder y de riqueza puedan substraer del país. Sus privilegios y arrogancia son los de la difunta administración francesa. A estas razones externas habría que añadir la carencia, cada vez más dramática, de un esfuerzo de reflexión y de crítica en las comunidades arabomusulmanas, carencia denunciada con energía por Edward Said. Si los islamistas han sabido captar en el Oriente Próximo y el Magreb las frustraciones de los jóvenes y desempleados ante la falta de perspectivas de inserción, la degradación de sus condiciones de vida y la corrupción sin límites de las élites gobernantes, la pretensión de un teórico como Hasán el Turabi de otorgarles un papel similar al de los puritanos y calvinistas en el despegue de las economías europeas y en la creación de riqueza, omite un punto esencial: el protestantismo y la ética individualista que impulsaron la modernización del mundo occidental se fundaban en la libre interpretación del texto religioso bíblico. En el Islam, el ixtihad o esfuerzo personal de reflexión prevaleciente en los tres primeros siglos de Hégira, es decir, en los del prodigioso desenvolvimiento de la civilización y cultura árabes, fue paulatinamente asfixiado por la rigidez de inmovilismo de los teólogos. Arabia Saudí, Afganistán y Sudán son los ejemplos extremos de esta petrificación. Sin ixtihad, el islamismo no puede afrontar con éxito los retos de la modernidad. Como advierte el autor de Las heridas abiertas, la alternativa al sovietismo islamizado del FLN y los altos mandos militares argelinos no puede ser un capitalismo islamizado en su versión neosaudí: el uno como el otro chocan contra la terca realidad de una Argelia plural en la que lo árabe se entrevera con lo beréber y la herencia cultural francesa. Cuando Los valores comunitarios, convertidos en esencias inmutables, oprimen hasta el ahogo a los del ciudadano y se intenta hacer tabla rosa de siglos de historia, como en el campo teórico y práctico de los ultranacionalistas serbios y vascos elijo deliberadamente ejemplos dispares , el resultado de ello se traduce en una profunda e incurable mutilación. La cultura árabe, como la española, alcanzaron cimas admirables cuando añadían y sumaban a su acervo las ciencias y artes de las demás. Las dos se hundieron a causa del dogmatismo, de la búsqueda estéril de una primitiva pureza y de un ensimismamiento hostil al "contagio exterior". Otra piedra fundamental de la crisis identitaria del Islam estriba en su renuencia a plantearse el estatus de la mujer en el mundo actual: su igualdad jurídica con el varón, el acceso a la educación y al trabajo. "Los códigos de familia de Marruecos, Argelia, Egipto", escribe Sami Nair, "por no hablar del absolutismo medieval de Arabia Saudí, ilustran perfectamente esta debilidad de Las élites modernistas". El instaurado en la Argelia "socialista" en 1984, reintroduce en efecto el repudio, recorta los derechos de la mujer tocante al divorcio, admite la poligamia y "arroja a la mujer a la calle en caso de separación, despojándola del derecho a conservar su antigua vivienda y sin que el marido tenga ningún deber con respecto a ella". En su lúcido artículo sobre el Marruecos de hoy ("La monarquía marroquí tentada por la reforma", Le Monde Diplomatique, septiembre de 1996), Hichem Ben Abdelá el Alauí reprochaba con razón a los partidos democráticos de la oposición su incapacidad de asumir culturalmente la modernización de la sociedad al no adherir al llamamiento de un millón de mujeres marroquíes para la reforma del código de su estatuto personal, poniendo así en tela de juicio la sinceridad y coherencia de sus programas. El proceso de desintegración social que afecta a la mayoría de los países árabes a cause de las estrategias de desarrollo brutales y de su sometimiento a los dictados de una Unión Europea que aboga por la libre circulación de mercancías pero veta la de las personas, no ha favorecido sino que a escamoteado el debate necesario al examen, a la luz de las nuevas realidades políticas, de la condición social y jurídica de la mujer. Peor aún: el islamismo radical no sólo rechaza el ixtihad; acentúa también la desigualdad ya existente entre los dos sexos hasta el abismo bochornoso de los talibán. En una reciente lectura en Hannover una espectadora me reprochó mi reprobación de aquéllos arguyendo que "Las mujeres afganas querían ser respetadas en el ámbito de su especificidad cultural". Mi apertura intelectual y vital a la variedad y mutabilidad de las civilizaciones y culturas del mundo y el consiguiente rechazo de identidades opresivas y estáticas o, como dijo Américo Castro, "a prueba de milenios", me obligó a formularle el principio que ha guiado mi pluma en los últimos 30 años: la crítica de la cultura propia y el respeto de Las ajenas en lo que tienen de respetable. Inútil añadir que la actitud de los extremistas afganos y no afganos tocante a la mujer no merece ninguna consideración, sino una inapelable condena. Igualmente aguijadoras son las páginas de Las heridas abiertas consagradas a la política expansionista de Netanyahu. Como señala Sami Nair, la memoria de un pasado cruel y doloroso, de inquisiciones, pogromos y campus de exterminio nazis no exime a ningún pueblo de la brutalidad de sus atropellos contra otro: "En 1917 en Palestina habría entre 10.000 y 20.000 judíos. En 1997 eran cinco millones. Se puede enfocar el problema como se quiera, pero esos cinco millones se han instalado en Palestina gracias a la violencia jurídica (prohibición a los árabes de construir en su tierra, de obtener agua para sus cultivos, de desplazarse sin autorización israelí, de tener documentos de identidad) y militar (expropiaciones forzosas, destrucción de cosechas y de casas, tala de árboles, represión, terror, negación total)". Si la mayoría de los israelíes laicos comprende hay la urgencia de reconocer al Estado palestino y de separar a los dos pueblos que ocupan el antiguo territorio del mandato británico a fin de permitir su coexistencia futura en un marco político y económico que abarcaría el conjunto del Oriente Próximo, el sionismo religioso, con su sueño de un gran Israel mítico, está creando una situación inextricable que aleja la posibilidad de la paz durante generaciones enteras. Los acuerdos de Oslo—el "Versalles palestino", según la fórmula de Edward Saíd—son ya letra muerta: Israel no los respeta y el garante de ellos, Estados Unidos, asiste impasible a su permanente violación por Netanyahu. La figura patética de Yasir Arafat, de plantón en la Casa Blanca mientras el presidente andaba ocupado en asuntos más íntimos y acuciantes, simboliza la humillación diaria de la Autoridad Nacional Palestina en una escena digna de un entremés de Cervantes o un esperpento de Valle Inclán. En contraposición a la laxitud y condescendencia norteamericanas respecto a las arbitrariedades y tropelías israelíes, su actitud inexorable tocante al embargo a Irak contribuye a enconar aún el ánimo de la opinión pública árabe y a justificar su denuncia de un caso flagrante de política de dos pesos y dos medidas. Después de la petrocruzada del Golfo, Estados Unidos podía haberse desembarazado, y desembarazado sobre todo al pueblo iraquí, de Sadam Hussein. No lo hizo y las razones estratégicas de su decisión aparecen hoy con claridad meridiana: mantener a Irak en un estado de semiprotectorado a la merced de su poder decisorio. La tragedia del pueblo iraquí, diezmado por dos guerras sucesivas, en cuyo engranaje no intervino y de las que fue la primera víctima, es a todas luces inicua e indignante. Como dice Sami Nair: "Pocas veces un pueblo ha sido abandonado hasta este punto. Ni los alemanes tras la II Guerra Mundial (con decenas de millones de muertos provocados por la locura sanguinaria y megalómana de sus dirigentes), ni los italianos, ni los japoneses han sufrido la ira vengativa de los vencedores que sigue soportando el pueblo iraquí. El embargo total esa arma que ya en el siglo XVII querían prohibir los filósofos del derecho por considerarla inhumana (hacer padecer hambre a las poblaciones no es una ley humana de la guerra, venía a decir Grotius), aplicado del modo más draconiano por Estados Unidos con la complicidad o pasividad del resto de las potencies occidentales, ha provocado en los últimos ocho años centenares de miles de muertos en Irak". Frente a la concepción actual de la relación norte sur de la cuenca mediterránea como un mero nexo comercial que agrava las diferencias ya insalvables entre la orilla europea y la norteafricana, Sami Nair propone la creación de un espacio económico y cultural común. Pío deseo que yo comparto pero que choca con la actitud tan miope como insolidaria de países como España e Italia, atemorizados por el peligro de una invasión de albaneses, turcos, kurdos, magrebíes y subsaharianos. No obstante, esta psicosis arraigada en los estratos profundos de nuestro pasado y azuzada a diario por la prensa sensacionalista y los políticos nacionalistas y racistas de la extrema derecha no se compagina con la realidad: los inmigrantes ocupan de ordinario los puestos de trabajo abandonados por los europeos y, a causa del envejecimiento de la población y la tasa decreciente de los nacimientos, su presencia en nuestro continente no cesará de aumentar. La Europa del futuro será, guste o no guste a los lepenistas, una Europa multiétnica en la que la adaptación progresiva de los nuevos europeos al marco legal y social del país anfitrión no implicará necesariamente la renuncia a su herencia cultural: la ciudadanía admite la diversidad. En el prólogo a Las heridas abiertas, Joaquín Estefanía cita unas palabras de Ben Bella que merecen ser reproducidas aquí: "¡Qué absurda sería una España que acogiera con los brazos abiertos a los polacos y rechazara a los marroquíes y argelinos, una España que intentara controlar la inmigración desplegando el Ejército en sus fronteras como hace Italia! No hay policía o ejército que pueda resolver el problema. Aunque Europa se diga 'vamos a vivir bien dentro de nuestro muro y a ignorar el resto del mundo', el resto del mundo no ignorará a Europa. El sur es un gran arrabal de chabolas que tiene delante un resplandeciente terreno de golf".






El escritor Juan Goytisolo fue reconocido hoy (25/11/08) con el Premio Nacional de las Letras Españolas, en lo que constituye el primer galardón de prestigio que recibirá en su país de origen, donde desde muy joven fue visto con recelo y ha sufrido el escarnio de las camarillas literarias.

Considerado un escritor outsider, Goytisolo decidió autoexiliase primero en París, donde se alejó de la severidad y oscuridad de la dictadura franquista, y después a Marraquech, donde vive actualmente y descubrió la prosodia de la literatura medieval, la mística sufí y el festín de sonoridad de la plaza del pueblo.

Goytisolo nació en la Barcelona republicana de 1931, en el seno de una familia de intelectuales y artistas comprometida con el devenir de la incipiente democracia en España, rota sólo cinco años después con la irrupción de la Guerra Civil (1936-1939).

Desde joven cultivó, al igual que sus hermanos José Agustín y Luis, la narrativa y la poesía, si bien el autor de Paisajes después de la batalla también se interesó por el hiperrealismo de los reportajes en zonas de conflicto bélico –como su Cuaderno de Sarajevo– o sus incursiones en los campos de cultivo del sureste español, donde los migrantes viven en condiciones de semiesclavitud.

Más de 50 años después de la publicación en España de su primer libro, Juegos de manos (1954), Juan Goytisolo recibió el primer reconocimiento de importancia, el Premio Nacional de las Letras Españolas, dotado de 40 mil euros, que le permite figurar en la selecta lista de los escritores que tienen esta distinción.

Al respecto, el jurado subrayó que el reconocimiento se le confiere por “toda su trayectoria”, no por una obra en particular.

Tratándose además de Goytisolo, es una sorpresa, puesto que hasta la fecha el prestigioso novelista y pensador siempre había estado en la ternas de los premios Príncipe de Asturias de las Letras o el Cervantes, pero perdía en las votaciones. Eso explica que con cierta resignación haya reconocido en varias ocasiones que siempre se ha sentido más y mejor valorado en dos países: en México, donde presentó la semana pasada su reciente novela, El exiliado de aquí y de allá (Círculo de Lectores-Galaxia Gutemberg), y en Francia, donde goza del reconocimiento y la admiración tanto de la crítica como de sus colegas.

La noticia de la concesión del premio sorprendió a Goytisolo durante el regreso de México a España. En tierras mexicanas mantiene una profunda y dilatada relación que se inició en gran medida por la complicidad intelectual que tuvo con el Nobel Octavio Paz.

Goytisolo, además, sostiene un diálogo vivo e intenso con algunos de los escritores y pensadores más críticos y sugerentes del mundo, como lo demuestra su complicidad literaria e ideológica con Orhan Pamuk, J.M. Coetzee o con los fallecidos Susan Sontag y Edward Said.

Goytisolo reconoció su sorpresa y hasta “perplejidad” por ser distinguido con el citado galardón, al señalar que “una obra no es mejor ni peor porque tenga premios. Estoy absolutamente al margen de esto. Agradezco la buena intención de quienes me han votado, pero…” Con estas palabras recibió la noticia del primer premio de prestigio de su país a su obra, 54 años después de su primera novela y a 33 de que decidiera autoexiliarse para alejarse de la oscuridad del régimen franquista.

http://www.jornada.unam.mx/


Nuevo libro de Juan Goytisolo:


Huddud Zuyayia recoge en árabe parte de los artículos que el escritor español afincado en Marrakech ha publico en el diario El País a lo largo de los últimos diez años. Lo estructura una unidad temática: los conflictos que azotan el mundo arabo-musulmán.

Son textos que se caracterizan una capacidad de análisis humanista, iconoclasta. En ellos el autor desarrolla una visión crítica con los acontecimientos que hacen de esa zona del mundo una de las más conflictivas y más castigas.

Juan Goytisolo analiza, desde una postura comprometida, cada vez menos frecuente en el universo intelectual, los conflictos de Sarajevo, Argelia, Palestina, Chechenia e Irak y muestra sin remilgos los magmas de los problemas relativos a la emigración y las consecuencias de las políticas neoliberales que arraigan la injusticia y el choque entre comunidades. Goytisolo desnuda los discursos de esas políticas y reivindica la alianza de valores como ética universal.

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