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miércoles, 6 de agosto de 2014

GUIDO, LA SANGRE




















En un instante, las cosas más triviales pueden cobrar una maravillosa trascendencia... y milagrosamente suena la dulce melodía de la felicidad.


114 es un número cualquiera.


Nieto es el hijo (o hija) del hijo (o de la hija) de una persona.


Abuela es la esposa del abuelo y la mamá de nuestro padre o madre.


Laura es un nombre de mujer, Oscar es uno para varones.


Sustantivos comunes. Hija. Panza. Embarazo. Nacimiento. Y así seguir al infinito.


La costumbre tribializa todo lo que toca y lo hace casi invisible. Pero un día la magia de la vida transforma todas las palabras y las preña de emociones. Entonces se confirma la certeza de que el amor vence al odio, y la justicia llega algunas veces, y la esperanza no es una tontería.


Y el primer encuentro entre un nieto y su abuela después de 36 años, trae a la otra abuela que tampoco lo conoce, desatan una volcán de sorpresas y salen a borbotones tesoros perdidos. Emergen la madre, el padre, la ausencia, la memoria, la lágrima, la risa... la sangre, la sangre, la sangre.


Se arma el rompecabezas que estaba ahí, al alcance de todos, aunque escondido en medio de la mentira añeja que adormece.


Todos corrimos a mirar por la tele a la vieja sonriente, la voz mansa, los ojos frescos. No era el mundial ni los goles de Messi, estábamos convocados a la centésimo décimo cuarta parición de un hermano muy esperado.


Todos lloramos con un nudo en la garganta.


Fuimos felices en esa tarde agitada. La buena nueva conmovió los corazones, el mundo. 


La voz famosa sonaba socarrona: No es todo malo mi país, pasan cosas buenas en mi país.


Vuelven a resuscitar los muertos queridos que vuelven muy vivos con el hijo combatiente a la vanguardia, música en mano, en nombre del padre y la madre, buscando la identidad secuestrada, desafiando los miedos presentes, las dudas constantes, la sangre, la sangre, la sangre que clama, que canta.


El pibe crece, siente, no sabe, busca, intuye, insiste, imagina, trasciende el destino falaz, y en cada paso hacia la solución de la duda reivindica la sangre, la sangre, la sangre. Están adentro. Bum bum, bum bum, bum bum. Late la memoria. Golpea la vida. Lo llaman desde la historia, su historia desaparecida. Él siempre fue Guido pero con otro nombre, fue el hijo de Laura parido en la mazmorra aunque Ignacio no lo recordara. Sus manos tocaban la música de Walmir desde el fondo de su conciencia.


Laura Estela Carlotto nació el 21 de febrero de 1955 en la ciudad de La Plata. Militaba en la organización Montoneros. Sus compañeros la llamaban "Rita". Fue secuestrada el 26 de noviembre de 1977 en su domicilio de la Ciudad de Buenos Aires. Estaba en ese momento embarazada de dos meses y medio.


Walmir Oscar Montoya nació el 14 de febrero de 1952 en Comodoro Rivadavia, provincia de Chubut. Su familia y amigos lo llamaban "Puño" o "Puñalito". Era integrante de la organización Montoneros y sus compañeros le decían "Petiso", "Chiquito" o "Capitán Jorge". Walmir Oscar fue secuestrado a fines de noviembre de 1977 y posiblemente haya permanecido detenido en el CCD "La Cacha".


Alguna vez, en medio de la tormenta, pudieron encontrar el beso, la caricia, el hijo por venir. Sólo un rato, después, la vorágine. El hoy era muy pesado; la muerte a la vuelta de la esquina, en la vereda, adentro, ahogaba el aliento. Intentaban salir del laberinto, saltar, correr, no había tiempo para otra cosa. 


La tragedia los separó, como estaba planificado, y todo indicaba que con ello se borraba el futuro, se escribía una ficción duradera. Sin embargo, los retoños, uno a uno, fueron desarticulando la trampa. Rita y el petiso pudieron vencer al horror en un Guido valiente, memorioso. La sangre que fluye no perdona, no olvida, no se detiene.



Videla, Massera, Agosti, Viola, Lambruschini, Galtieri... prefiguraron “El fin de la historía y el ultimo hombre”, resueltos a secar el mar, apagar el sol y voltear cada árbol torcido en su desenfrenado proceso de reorganización nacional. Pero eran tan brutos, que a pesar de ser descendientes de italianos ignoraron el mensaje sagrado de sus ancestros: il sangüe fà brutti scherzi.


114 es un número cualquiera, después viene el 115, y así sigue...











Daniel
Mancuso




4 comentarios:

Julia dijo...

si pudiera le avisaría a the washinton post, que en nuestro país no hubo una dirty war, hubo terrorismo de estado y el gobierno de usa, con el anciano ex secretario de estado fue el aterrorizador número uno, ideologo y autor intelectual de las barbaridades sucedidas.

Tilo, 73 años dijo...

Después de la inmensa alegría de estos dos últimos días por Estela y su - al fin! - recuperado nieto, leer el incomprensible mensaje diabólico de ese pobre infeliz ni siquiera logra que lo odie sino que sólo sienta una profunda lástima y rechazo por él y por todo lo que representa.

Saludos

profquesada dijo...

Cuánto hijo de puta mal parido anda por ahí respirando el mismo aire que nosotros. No se trata de una mera diferencia ideológica, esos tipos y tipas llevan el odio en la sangre y esperan la ocasión para ponerlo en acto.

Son la contracara de lo que odian. Estela siempre supo que el odio -y vaya si tenía razones para odiar- no debía anidar en su corazón.
Su rostro tenso mostraba esa lucha interior, pero nunca mostró odio, ni siquiera frente a los que legítimamente lo merecían.
Ahora, como señaló su hijo Guido, su expresión cambió. Todos lo notamos, la tensión desapareció, salió a borbotones el amor que lleva dentro.

Una mujer más que admirable y ese enano despreciable le desea la muerte.
En fin, es una de las cosas que pasan todos los días que muestran cuán alejados de la humanidad se colocan ciertos especímenes.

Un abrazo para compartir la alegría.

Daniel Mancuso dijo...

Julia, profquesada, Tilo, coincido en todo, y es verdad que no hubo dirty war (guerra sucia) acá hubo terrorismo de Estado cívico eclesiástico militar, abrazos

aguantan

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