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jueves, 1 de enero de 2009

El negro se copió


Sábado, 24 de Enero de 2009

Barack Obama puso fin a la llamada Ley Mordaza Global, vigente durante la administración Bush, que prohibía que empresas, fundaciones o individuos financiaran en el exterior clínicas de planificación familiar que brindaran cualquier servicio vinculado con el aborto, desde la propia intervención quirúrgica hasta asesoramiento, consultas, derivación a médicos especialistas, servicios y tratamiento tras la interrupción de un embarazo.

Con George W. Bush, fueron los 8 años de retrocesos que vivió Estados Unidos en materia de salud sexual y reproductiva de la mano del gobierno republicano, en los que se antepuso la ideología de derecha conservadora a la ciencia y a la salud de las mujeres.

El gobierno ultraconservador de Bush impuso una educación sexual en las escuelas basada sólo en la abstinencia, la demonización del uso del preservativo, medidas para restringir el acceso a métodos anticonceptivos y la llamada Ley Mordaza Global.

Además, antes de irse, J.W.B hizo una última concesión a la derecha religiosa, una nueva regulación que extiende la objeción de conciencia en los servicios de salud: cualquier persona que se ubique en la cadena de atención, desde una secretaria u oficinista hasta una enfermera, médica o farmacéutico, pueden rehusarse a proporcionar apoyo, información o tratamiento a una mujer que esté buscando anticoncepción, la píldora del día después, protección contra las enfermedades de transmisión sexual, un aborto o ayuda relacionada con alguna de esas prestaciones.

“Esta decisión no sólo protege la salud de las mujeres y la libertad reproductiva, sino que también se identifica con un principio más amplio: que el gobierno no debería inmiscuirse en nuestro asuntos familiares más privados”, declaró BarakObama.

“Nunca ha sido tan importante elegir a un presidente que nos apoyará en nuestra labor”, dijo Cecile Richards, presidenta de la Federación Americana de Planificación Familiar, poco antes de los comicios que llevaron al primer presidente de origen afroamericano a la Casa Blanca. La entidad es la filial local de la Federación Internacional de Planificación Familiar (IPPF), dedicada a la atención de la salud sexual y reproductiva a través de ONG asociadas en los países más pobres de América, Africa y Asia, y una de las principales perjudicadas por la Ley Mordaza Global.



En 1984, el gobierno de Ronald Reagan inauguró La Ley Mordaza, que fue anulada por el presidente Bill Clinton (demócrata), y luego George W. Bush la volvió a instaurar. La ley ha controlado lo que las ONG extranjeras de planificación familiar hacen con sus propios fondos. Las ONG se veían obligadas a no usar sus propios fondos en servicios relacionados con el aborto, inclusive asesoramiento o referencias, aunque el aborto sea legal en ese país. Tampoco podían realizar actividades de lobby para luchar por la despenalización o para mantener la legalidad del aborto en su propio país.

Obama ganó la presidencia con un amplio apoyo de las mujeres. Durante la campaña también defendió el derecho al aborto. Y de otra iniciativa para ampliar el acceso a los anticonceptivos, la educación sobre planificación familiar y servicios de salud preventivos. Además se ha manifestado a favor de una educación sexual integral. Durante los últimos 8 años la administración Bush destinó más de 1500 millones de dólares de los contribuyentes en programas de “solo abstinencia”, promovidos por los sectores religiosos más conservadores –en sintonía con la prédica del Vaticano– que, está demostrado, no funcionaron para prevenir el embarazo y el contagio del VIH-sida entre los adolescentes norteamericanos: los planes se centran en inculcar a los chicos y chicas el valor de postergar el debut sexual como única arma para “cuidarse”, pero diversos estudios han probado que la edad de iniciación sexual no aumentó. Y los jóvenes enfrentan sus relaciones sexuales sin recibir información en las aulas sobre uso de anticonceptivos.





Ginés González García trató de “terroristas extorsivos” a los sindicalistas de la sanidad que –según dice– toman de rehenes a los enfermos “pero son delincuentes profesionales”; se cargó en su contra a los laboratorios cuando lanzó la venta de medicamentos por genéricos; un obispo usó una metáfora bíblica desatinada, cuando decidió repartir preservativos entre los jóvenes, provocando un lío diplomático con el Vaticano: “Los que escandalizan a los pequeños merecen que le cuelguen una piedra de molino al cuello y lo tiren al mar...”. Dice que “cada 40 días, en la Argentina tenemos un Cromañón a causa del sida”. Para él, “estas tragedias masivas como las de Cromañón tienen mucha más repercusión en la conciencia colectiva que las tragedias silenciosas. Y el sida es una tragedia silenciosa y cotidiana. No son números estadísticos sino el drama de muchos, cada día”.

¿Busca impacto o estrategia?

Trato de decir mi opinión con los debates necesarios en Argentina, como la salud reproductiva, los genéricos, la ley de donantes presuntos (para trasplantes). Pero lejos de generar un debate, se genera un combate duro y difamatorio por parte de cierta dirigencia. Me acusaron de ser dueño de un laboratorio y de estar a favor del aborto, pero nadie se pone a discutir los embarazos no deseados. Nos falta discutir con menos pasión, ser más racionales.

Desde dónde plantearía debatir el aborto. ¿Como un tema sanitario, desde el punto de vista de los derechos de las mujeres, de los derechos del niño por nacer?

Lo planteo desde el punto de vista sanitario, médico. Pero cada punto de vista es una manera de ver, que no ve otras realidades.

Y usted está a favor del aborto.

No, nada que ver. Yo creo que cualquier persona normal está en contra. Lo que pasa es que hay medio millón de abortos por año y no podemos no hacer nada.

Hay muchas mujeres que están a favor, al menos, de poder decidir.

Honestamente no creo que ninguna mujer se haga un aborto porque sí. Hay circunstancias... Es un tema muy individual y duro. Pero nuestro objetivo es bajar la mortalidad materna, evitando enfermedades y muertes evitables.

¿De dónde saca la cifra de 500 mil abortos anuales? Suena fuerte.

De las 79.800 internaciones postabortos que hubo el año pasado. Es una estimación: se calcula que por cada persona que se interna hay cinco o seis que no lo hacen. Muchos estiman que estamos sobre los 700 mil abortos. Pero no importa cuántos sean, sino que me parece una barbaridad, desde el punto de vista social, que se desconozca esta realidad.

¿Cuál es la discusión, entonces?

Entre no hacer nada o no hacer nada para que las mujeres más pobres puedan tener el mismo acceso a la información que el resto. Los sectores que se oponen están en contra de que esas mujeres se informen, lo cual me parece una posición absurda y gorila. Los gorilas son así: no quieren que el resto haga lo que ellos hacen.

Estamos lejos de discutir sobre manipulación genética o de embriones, ¿no?

Sí, pero hay que provocar esos debates, que no tienen que ver con las elecciones ni con buscar votos. El inmovilismo dogmático es terrible. No se puede estar en el siglo XXI con bibliografía del siglo XVIII.

¿Por eso la fertilización asistida está en manos privadas?

Lo está tomando el mercado: el que tiene plata lo hace, el que no, no. Siempre que sucede un cambio tecnológico, y en el mundo hoy existe un cambio tecnológico brutal en salud, se produce la necesidad de crear una nueva frontera moral y un nuevo paradigma. La biología y la innovación van más rápido que esas nuevas fronteras y que los nuevos paradigmas. Y es absolutamente necesario plantear un nuevo tratado de límites.

¿Y quién pone esos límites?

Esos límites los tiene que dar la sociedad. Es lo que se llama las nuevas formas de nacer y las nuevas formas de morir. Hoy, tecnológicamente producir vida y mantenerla artificialmente es facilísimo.

Hay médicos terapistas que cuestionan el sentido de alargar una agonía con tecnología.

Mantener viva a una persona con ninguna dignidad durante varias semanas no es un conflicto tecnológico. El tema es si humanísticamente es correcto. La medicina está deshumanizada porque perdió de vista al paciente por las tecnologías, entre otras cosas.

¿El planteo va de la mano con la eutanasia?

Cuando hay una frontera tecnológica, traspasarla tan violentamente requiere de un nuevo código moral. Hay sociedades que están buscando ese nuevo código moral. Y otras, como la nuestra, que ni siquiera quieren escuchar.

Pero sucede, aún sin debate.

Claro. Y además lo que viene es mucho peor: la manipulación del código genético está ahí y técnicamente todo es posible. Y como sociedad hay que enfrentar eso en forma colectiva, y no que cada uno haga lo que pueda o quiera, o que el mercado lo determine. Uno no puede manejar a la velocidad de una Ferrari –que es a lo que va el mundo– con los ojos tapados.

¿Y qué pasa con la investigación para dar esas respuestas?

Es un tema. Buscamos una sinergia para que el sistema investigativo tenga que ver con las prioridades y necesidades del país. De hecho, impulsamos muchísima investigación no biológica sino social: como los pibes y la cultura en el uso del profiláctico, qué pasa con el hábito de fumar. En la Argentina, la pregunta que hay que hacerse es por qué teniendo la investigación que se tiene no se transfiere a la acción. Hay muchos investigadores; el tema es por qué semejante acopio de investigación no se transfiere a la acción, al aparato productivo.

¿Y cuál es la respuesta?

Porque el aparato investigativo fue modelado por un tipo muy importante que fue Bernardo Houssay, que hacía investigación básica, lo mismo que Luis Federico Leloir. Ese es el forraje de la investigación aplicada. Acá sobra investigación básica y hace falta la investigación aplicada, lo que hace a la innovación y al conocimiento, al desarrollo de los países.

Pero los investigadores se van. Argentina forma investigadores que necesariamente se tienen que ir. No porque no tenga chances acá, sino porque el tipo de investigación que hacen está para eso... La pregunta es por qué con tanta investigación hay tan pocas patentes. Parece que la investigación básica da mucha más prosapia y prestigio. Pero...

¿En esto entra su discusión con la calidad de médicos que se forman en el país?

Lo que pasa es que si uno tiene un país austero tiene que cuidar sus recursos humanos. Y la Argentina los está dilapidando. El 70% de los trabajadores de salud provienen de las universidades y lo que se busca es que sean mejores, más capacitados, según las necesidades del país. Por eso hablo de lo absurdo del gremialismo estudiantil que quiere que en la facultad de Medicina entren todos.

¿Y cuál sería el inconveniente?

Es una irresponsabilidad tremenda. Primero, con el país: no se puede tener malos médicos porque esos médicos después atienden personas. No se puede como sociedad: si un claustro académico dice que puede formar a tantos, pedir que se formen cinco veces más es una locura. Y es una irresponsabilidad con ellos mismos porque no van a tener un instrumentos de trabajo.

¿Habría que tener una universidad arancelada y restrictiva?

No, debe haber más personas en la universidad. Yo quiero más universidad, no menos. Tiene que ser más abierta, más popular y más masiva, pero no en el área de salud. El tema es saber qué necesito y qué calidad de recursos humanos quiero. Si al país le va bien, hará falta ingenieros, informáticos, arquitectos, pero no más médicos. Tenemos el estándar de médicos más alto del mundo, y son malos médicos.

¿Malos médicos?

Sí, en el sentido que los pido yo: formar mejores, no más. Cuando tenés un desarrollo tan brutal en el conocimiento y del cambio de la sociedad, no podés tener inadecuado el sistema de formación de un médico. El cambio tecnológico es tal que tenés que meterle dos o tres innovaciones en la currícula a lo largo de la carrera, si no, lo dejaste afuera.

¿Y esa falencia es sólo por falta de recursos?

No. Porque hay una rigidez centrópica. Te dicen que son autónomos, y yo digo que eso no significa ser autista: no ver lo que pasa en la realidad, lo que le pide el Estado. Además, hay que discutir el modelo de financiación. No puede ser que el 60% de los que entran a las universidades públicas argentinas provengan de colegios privados. Se hace un terrible subsidio a los sectores medios y altos a partir de los sectores bajos que pagan los impuestos con el IVA. Si pagan la escuela, ¿por qué no pueden pagar la universidad?

¿Sabía dónde se metía cuando impulsó los genéricos?

Esa batalla parecía difícil de dar. Y no medí nada. Mentiría si me pusiera en estratega: me tiré de cabeza y me salió bien. Porque había que aplicar una política sin concesiones y lo hice. Y ahí están los resultados: el impacto económico, la contención de los precios, el ahorro para la gente y el acceso a los remedios. Le damos medicamentos gratuitos a 15 millones de personas por el Plan Remediar.

Algunos le critican que haya pagado 30 millones de dólares a laboratorios privados. ¿No hay lugares públicos que puedan fabricar genéricos?

Sí, pero no tienen capacidad. Y cuando uno hace política pública tiene que transformarse en el mejor comprador de precios del mundo. El Programa Remediar es el más barato: 2 dólares por año por persona, para 15 millones de pacientes, con 58 medicamentos.

¿Propondría el uso de marihuana para fines terapéuticos?

Sí, si hay una indicación terapéutica vinculada a la medicina del paciente. Descalificar a una sustancia de acción terapéutica por sus otros usos, es una locura. ¿O no se usa la morfina para el dolor?

¿Y despenalizar las drogas?

No. Eso ya no me gusta.

¿Por qué no se trata al tabaquismo como una adicción?

Porque no hay una terapéutica clara. Yo quiero que los pibes no entren, que los que fuman no compliquen a los que no fuman, y que dejen o fumen menos.

¿Y usted dejó?

Sí. Dejé por mi función, no por falta de ganas.

Explíqueme su frase de cabecera: “Hay hombres que triunfan y otros que son ministros”.

(Risas) Es para desdramatizar, para que nadie se la crea.



1 comentario:

Ana C. dijo...

Qué inteligente Ginés ¿Por qué no habrá seguido de Ministro?

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