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lunes, 22 de diciembre de 2008

LA CULPA




Sentimientos íntimos afloran desde las cavernas del ser a fin de año. Algún balance siempre aparece, es un mandato social, hay que revisar lo andado hasta acá. Pero si el examen se pone riguroso, la contrariedad y la duda fiscalizan la prueba.

¿Debo saludar para las fiestas de navidad y año nuevo? ¿Cómo diferenciarme de la manada farsante que desea lo mejor pero siente lo contrario, o no lo siente? ¿Cómo sabotear los clichés, la hipocrecía que tenemos pegada en la piel, tan profunda como la injusticia? ¿Cómo borrar la automática sonrisa navideña y el augurio fácil?

Hay que apagar los celulares. Desconectemos internet, abajo las salutaciones y los pps con arbolitos y buenos sentimientos. Fuera messenger. Contestador automático y volumen cero. Paz. Me siento en la terraza. Ahora puedo pensar.

¿Cuántos brindis no se harán? ¿Cuánto turrón ausente? ¡Tanta tristeza pobre desparramada en las sombras de la nochebuena, detrás de los cohetes y los corchos! ¿Qué sonrisas faltarán a la cita? ¿Cuántos ojos espiarán el cielo para ver los fulgores ajenos? ¿Quién pensará en ellos a la hora del chin chin? ¿Y si yo los olvido y me doy cuenta, me distraigo y sigo, pero de nuevo aparecen, qué hago? ¿Cómo me convenzo de que no soy un maldito insensible?

Pasaron los años, los míos, estoy grande, casi viejo. Las cosas siguen igual, o peor. No pude cambiar nada. No pudimos. Lo intentamos y perdimos. Millones de pibes me miran con los ojos de ese que me mira (y no me pide una moneda, está cansado de vaciedades). Su silencio atronador me acusa de inacción y complicidad y de su boca cerrada y mugrienta se escapan los gritos silenciados de miles de dolores. Y a mí me duele ser incompetente. Por eso no brindo, ni saludo a nadie. No tengo autoridad moral para hablar de solidaridad y de justicia.

Tengo muchas excusas preparadas, puedo pensar otras. Pero el espejo no quiere que mienta, mi conciencia tampoco. Mi espitafio podría decir: lo intentó pero no pudo. Pavoroso. De pronto, mi mujer me llama a cenar, está todo listo. Tiro la cadena imaginaria y se van todos los pesares por el excusado del olvido. La miro a mi hija y sé que por ella lo voy a volver a intentar (hasta poder cambiar el epitafio). No tengo miedo, sólo urgencia. ¿Podremos derrotar a los hijos de puta? Proliferan como hongos.

Sé que no soy tan canalla pero un poco de sinceridad, cada tanto, pone las cosas en su justo lugar. Me obliga a superarme. ¡Felices fiestas, compañeros! Hasta la victoria siempre.

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