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lunes, 3 de noviembre de 2008

Los mediopelo (tudos)


El tipo apagó el televisor, después de escupirle una puteada a la pantalla de 21 pulgadas. El control remoto rajó al suelo obedeciendo a la bronca de su dueño y el principio de inercia ("... Los cuerpos en movimiento permanecen en movimiento a menos que se les aplique alguna fuerza para detenerlos"). Las pilas se encondieron debajo de la mesada, atrás de una enorme telaraña. Se rascó la pelada y puso la pava para el mate.

¿Por qué tanto enojo? Debe ser por el mismo motivo que ya no compra el diario de la cornetita. Eso y los comentarios de la rubia de enfrente, la que votó a Macri ("lo voté porque es un empresario con mucha plata, no tiene necesidad de robar, por eso..."). No puede entender tanta ignorancia. La rubia (que no es rubia, hace muchas canas que miente) es el prototipo medio del vecino que repite como un loro todo lo que ve o escucha, sin pensar, automático. "No se puede salir a la calle, la inseguridad nos está matando" repite la tarada. Ella y su marido estuvieron viendo la noticia del asesinato del ingeniero de San Isidro por televisión (pegada en una banda de moebius para que le taladre la cabeza a todos los ingenuos). Los que se mueren en el norte por desnutrición ¿serán humanos?

Hace rato que enrejó toda la casa y tiene un cartelito que avisa "lo estamos vigilando - Propiedad Privada". Además, tiene dos perrazos negros que no te dejan pasar por la puerta, enloquecen a cada peatón desprevenido y amenazan babeantes de odio.

Nunca en sus vidas salieron a la calle a reclamar nada. Ni por la democracia, contra el FMI, contra las privatizaciones, por los maestros, por los pingüinos empetrolados, nada de eso. Salieron con dos enormes cacerolas a apoyar a los empresarios del campo, contra las retenciones móviles, "primero van por el campo depués vienen por nuestro auto, nuestra casa, por nosotros..." desafinaban la rubia y su mejor es nada.

"Querés que te diga una cosa, esta mina se quiere quedar con todo, necesita efectivo y ahora es la caja de los jubilados, mañana es otra cosa...", dice como si supiera el marido de la rubia. Él y su consorte se fueron a la marcha con sendas velas a pedir que metan en cana a los pibitos de 8 años que arrancan bolitas del paraiso para tirarle a las palomas. Ellos eran íntimos y cenaban tres veces por semana con el comisario (y su esposa) que trasladaron a Neuquén, acusado de cohecho agravado. Ambos firmaron una petición para prohibir a los cartoneros porque la sucia presencia de los carritos baja la espectativa de venta inmobiliaria de la zona.

Pero sus rottwailer le mean la palmera al pelado (mientras el pusilánime se fuma un puchito a escondidas de la rubia) todas las nochecitas y parte del portón también. "Qué querés que haga, tienen que mear ¿no?". "Pero No en mi vereda", advierte el pelado enojado, "elegí otro lugar, ¿por qué no los hacés cagar en tu living?".

Hace años, cuando hubo que asfaltar la calle, se hizo un petitorio con todos los vecinos para que la municipalidad se pusiera las pilas. Ellos no firmaron. La rubia decía que era mejor así, la calle de tierra desalentaba el transito de autos y gente, ergo todo más tranquilo y residencial. Fueron los únicos que se opusieron.

Ella fue la promotora de la expulsión de la Susi, cuando quedó embarazada en tercer año, porque era un mal ejemplo. El cura, ni lerdo ni perezoso, le encargó que juntara firmas y ella contenta andaba tocando el timbre por el barrio. El pelado la sacó cagando, "mis hijos van al colegio del Estado, y ahí va ir la Susi cuando la echen los cuervos de la parroquia".

La enemistad tomó cauce profundo en las asambleas del club. El pelado propuso que los pibes que no podían pagar la cuota o que no eran socios, pudieran ir a la pileta en verano, armar una colonia y hacer actividades recreativas. La rubia pide la palabra y se pone como loca: "se va a llenar de negros nuestra amada institución, es una barbaridad" gritaba exasperada. "señores por favor, silencio", "Moción de orden: votemos". Ese verano, la pileta se lleno de pibes. No siempre gana la estupidez.

Daniel Mancuso.






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