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miércoles, 29 de octubre de 2008

FILOMENA






Ya dimos 6 vueltas al sol desde que te fuiste a pasear por las estrellas. A veces, me parece que hace un siglo íbamos caminando de la mano, todas las mañanas, desde Plaza Once hasta Almagro para ir a bañarte en radiaciones de cobalto. Otras veces, parece que fue ayer que me enseñaste a amar a los malvones del balcón mientras tomábamos mate a once pisos del suelo, y los colectivos de la avenida no nos dejaban hablar.

Ahora que estás liviana podrás visitar a Michelangelo, a Pavarotti, a Evita y a Rodolfo Walsh. Preguntales si han visto a dios porque por acá nadie lo vio, y las cosas siguen empeorando. La violencia y la injusticia siguen desparramándose por el planeta: son muchos los millones de hambrientos, y muchos los millones de dólares que gastan en invadir paises o salvar bancos para que los terroristas financieros sigan y sigan.

Qué suerte, no te van a machucar más ni el drenaje linfático ni los ruidos del tomógrafo. No tendrás veneno citostático viajándote despacio. Ahora todo es paz, como tu última sonrisa que tuviste postergada durante tantos tormentos. Y nunca un ay, no conocías ese sonido. La ternura y la costumbre, te privaron de los lamentos. Tu vitalidad nunca bajó los brazos en público. La angustia te desvelaba por las noches cuando te quedabas solita y no había nadie que te distrajera.

Tu carita de nena se reía pícara cuando no hacías los deberes, y yo enojado te retaba como a una hija malcriada:

- Te bañaste sola y no me esperaste ¿y si te caías?
- No me caí.
- Pero te hubieras lastimado.
- Yo soy la mamá, a mí me toca rezongar. Te hice milanesas con puré. ¿Querés?
- ¿Cómo hiciste para pelar las papás, y encender las hornallas, el horno?

No podía enterder cómo... si tenías el brazo casi inmóvil, desde que te caíste en la vereda rota de Jujuy y Rivadavia cuando íbamos al médico. Te caíste y te levanté con desesperación y al mirarte vi tu brazo derecho colgando y me dijiste; "no es nada, vamos". Y yo, llorando impotente, te decía; "te quebraste el brazo, mamita, el brazo, es mi culpa."

- Despacito, piano piano, no te olvides que soy mamá.
- Eso me decias cuando era chico y me obligabas a llevar un pullover al club, me decíás: "llevalo que va a hacer frío". Y yo te preguntaba: "¿cómo sabías que iba a hacer frío, si me fui con 28 grados?. "Porque soy mamá", eso me respondías, "Porque soy mamá".

- No lo hagas más, dale, cuidate.
- Quedate tranquilo, soy de fierro...

Ahora, me acuerdo de tus dolores, remedios, cajitas, horarios, análisis, consultorios, esperas. Ahora veo al oncólogo que nunca atendió el celular, ese último fin de semana. El dr. Javier Gallino, ¡Qué hijo de la gran puta!, especialista en hacer plata (te derivó a otra médica, un tiempo, cuando se fue a inaugurar su primera clínica privada en Kosovo), olvidó que un paciente es alguien que sufre, que siente (y no sólo un número de la estadística). Después, el lunes, me llamó su secretaria para darme un turno pero vos ya no estabas, te habías cansado. Sólo tu sonrisa aparece, tus labios haciendo fuerza entre las nauseas y las torturas de tu sangre traidora que pinchaba y pinchaba, entre los huesos, acá, allá, en todas partes. Las vecinas de al lado, Inés y Marta, venían a las tres y a las 11 para darte la inyección. Al rato, yo me iba en el 68 pero me quería quedar, te quería acunar como vos hiciste conmigo.

Lo último. siempre aparece lo último. Aparece tu figura, en la puerta del departamento mientras yo caminaba por el pasillo largo, muy largo, hacia el ascensor, y se apagaba la luz automática y vos tocabas para que se vuelva a encender, para saludarme, tan lejos, tan cerca, y yo abría la puerta plegadiza y me quedaba mirándote con un nudo en el estómago, en la garganta, en el alma. "Chau mami".

Los dos sabemos que no fue el cáncer, ni la muerte de papá. Fueron los silencios y la resignación que minaron tu felicidad y tu cuerpo. La mala sangre que te hiciste tantos años terminó por asesinarte de a poco. Fue un suicidio anunciado. A ustedes dos los unía el amor y el espanto, y se murieron por las mismas elecciones. Uno elige cómo vive y cómo muere. Ustedes no conocieron el goce, porque sólo aprendieron a sufrir, a trabajar, a postergar.

Qué pena que no conociste a tu nieta, Melina. Te saluda todas las noches en la foto en que estás con papá arriba de la cómoda: "chau nona, chau nono" antes de irse a dormir. ¡Se parece tanto a vos! Es cierto, il sangue fà brutti scherzi...


Daniel
Mancuso




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