viernes, 1 de agosto de 2008

Desarrollo y drama social

Las consecuencias negativas del modelo extractivo de recursos naturales y la ausencia de un debate crítico entre académicos e intelectuales. La necesidad de democratizar los bienes culturales y simbólicos para desarticular el sentido común establecido.


La economía política sostiene que todo régimen de acumulación se corresponde con un modo de distribución de la riqueza. Desde esta tesis, resulta más claro comprender por qué le cuesta tanto a la economía argentina lograr formas de redistribución del ingreso más allá de las confusas políticas sociales que anuncia la ministra de Desarrollo Social, cuñada de la Presidenta. ¿Cuál es el régimen de acumulación de esta Argentina del siglo XXI? No soy economista, pero puedo sostener sin temor a equivocarme que el sector primario forma parte sustancial del modelo productivo del actual gobierno. Un modelo basado en los recursos naturales y, por lo tanto, donde las “rentas” (sobre-ganancias) juegan un factor fundamental: la “renta agraria”, la “renta petrolera” y la inestimable “renta minera”. Si bien en los primeros dos casos el Estado intercepta parte de esas rentas vía retenciones a las exportaciones, en el caso de la minería deja esas fabulosas riquezas monetarias en manos de las grandes y concentradas corporaciones.

Estas producciones, base del funcionamiento económico del mundo desarrollado, son contaminantes, depredadoras, extractivas por las características del proceso de producción mismo. Extraen lo que pueden de los recursos, los esquilman y dejan un escenario de contaminación, cambio de flora y fauna y grandes disturbios de los ecosistemas. Muchas voces del mundo se han alzado con críticas radicales contra este tipo de desarrollo que está en la base del llamado “progreso”.

La agricultura que se basa en el recurso “tierra”, con los cuidados del caso, hubiese podido proveer una producción sustentable a las futuras generaciones. No obstante, en las últimas décadas, esa posibilidad se va perdiendo. Después de una etapa razonable de modernización técnica aparecieron las grandes revoluciones tecnológicas ya comandadas por las transnacionales bioquímicas; primero la “revolución verde” y por último la revolución biotecnológica que vació al campo de personas e hizo uso y abuso de agrotóxicos que ponen en peligro la tierra, la fauna y flora así como la salud pública.

Agronegocios, expansión de la minería y agotamiento de los recursos derivados de fósiles al servicio del Norte rico son claves en el modelo económico argentino del siglo XXI. Con cada exportación del sector primario se fugan fertilidad de los suelos, recursos no renovables, un gran desperdicio de agua, minerales declarados y no declarados, gran cantidad de energía eléctrica, trabajo de compatriotas muy mal retribuido, yungas, montes nativos y se llevan también muchas dignas resistencias de poblaciones que cuidaron esos recursos y no se resignan a la depredación.

Un componente significativo de este verdadero drama actual reside en cierta complicidad de sectores de los que se esperaba otra actitud. En efecto, se percibe, por un lado, cierta celebración de este modelo “productivista” por parte de los aparatos de la tecnociencia universitaria y, por otro, una escandalosa “invisibilización” por parte de los intelectuales de Carta Abierta, que se han limitado a una crítica “setentista” a los sectores agrarios. En las universidades nacionales, sus laboratorios e institutos han sido colonizados por el discurso “productivista”, y en ese espacio que se autorrefiere como Carta Abierta se buscan derechas y responsables por la falta de distribución de la riqueza ignorando la construcción y responsabilidad gubernamental en un modelo que está preñado no sólo de polarización social, sino de saqueo, devastación y grandes sufrimientos sociales.

La política neoliberal en materia científica y universitaria condujo a los científicos a celebrar la noticia de la importancia de sus conocimientos en el entrelazamiento de fuerzas productivas. No se preguntaron por las consecuencias sociales de esta fusión entre tecnociencia y mercado. Para hacerlo, se necesitaba una densa interacción con otras disciplinas. Pero el drama se conforma, justamente, porque muchos referentes del pensamiento crítico de los años ’70, que aún dan batalla, no sólo no critican esta relación entre tecnociencia y mercado, sino que algunos han decidido convertirse en verdaderos guardianes intelectuales del Gobierno, que es un actor básico del modelo.

Tal vez, el desacuerdo reside en que el pensamiento crítico del ayer es improductivo y el nuevo pensamiento emancipatorio que circula soterradamente por Latinoamérica es de márgenes, de frontera, de poblaciones en lucha. Se trata de pensamientos, con raíces “de-coloniales” y que no hablan los lenguajes del poder. Por ello, estos nuevos pensamientos críticos son ignorados y vapuleados por una parte sustancial de los “intelectuales”, quienes buscan desarrollos (no importa a qué costo), autoridad y subordinación gubernamental (la obsesión del orden estatal) y derechas e izquierdas para dicotomizar la política como en las viejas épocas. Mientras tanto, unas poblaciones en lucha, otra ciencia y otros pensamientos críticos sobrevuelan nuestra desgarrada geografía.

Norma Giarracca
Profesora titular de Sociología Rural;
investigadora del Instituto Gino Germani
(Facultad de Ciencias Sociales-UBA).

FUENTE: Página 12


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