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martes, 7 de septiembre de 2010

FUSCALDO




Mis padres, mis abuelos, y todos hacia atrás eran calabreses.

Mi viejo,
BENITO, nos contaba sus viajes y aventuras juveniles a lomo de burro, al otro lado de la montaña para ver el mar.

Mis ojos infantiles siempre quisieron conocer la tierra de mis orígenes, y soñaba algún día poder volar sobre el gran charco celeste del mapa de mi Atlas gastado, y aterrizar en la bota pequeña, abajo de Europa. Esa que le saca la lengua al Mediterráneo.

El exilio me dio tristezas y milagros. El amanecer en el Tirreno fue una pequeña caricia que la vida me regaló para paliar tanto sufrimiento.


Esta mañana, leyendo la historia de la familia Gullo, encontré muchas imágenes que volvían a mi memoria...



    Cada mañana, cuando las campanas de la iglesia anunciaban el regreso de los pescadores, la niña hacía un esfuerzo para asomarse por la ventana. Aún estaba lejos del metro de altura, pero Ángela María Aieta –todos le decían María– se las ingeniaba para mirar el color del mar. Hasta el horizonte, el Tirreno era una manta infinita, azul y verde. El mar ofrecía aventuras. La promesa de un futuro próspero. María vivía en la zona costera de Fuscaldo, en la provincia calabresa, bien al sur de Italia. La ribera del pueblo era conocida como la Marina. Su hogar era una casona amplia y llena de voces que sus padres compartían con otras cuatro familias: los Franco, los Moliné, los Luca y los Pollola.

    Humberto Victorio GULLO también vivía en Fuscaldo, a unos cuantos metros de la costanera. Cuando le preguntaban su dirección, contestaba con algo de vanidad: “Número 1 de la calle del Castelo.” Humberto solía bajar desde la parte alta de Fuscaldo –el Paese– para ir al muelle a comprar pescado. Para llegar debía pasar por delante de la casa de los Aieta. Ni María ni Humberto podían imaginarse que varios años después se cruzarían en Buenos Aires, capital de ese sueño de la abundancia llamado Argentina.

    Aquella era una infancia llena de privaciones, anterior a la Segunda Guerra. Aún no había llegado el tiempo de “hacer la América”.

    María y Humberto llegaron por separado. Habían partido del mismo lugar, pero se conocieron en Buenos Aires. Se casaron a mediados de 1936, un año y medio más tarde nacía su primer hijo. Después llegó el segundo. Y en 1947, al año del triunfo de la fórmula Perón-Quijano, tuvieron al tercero. Humberto pensó en hacerle un homenaje al presidente. Quiso llamarlo Juan Domingo. María no estaba muy convencida. Al final lo llamaron Juan Carlos Dante. El primer nombre por Perón, los otros dos en un gesto a las tradiciones familiares y a Italia.

    Eran la típica familia inmigrante, sin estudios pero con una voluntad de progresar a toda prueba. En Fuscaldo, María había hecho hasta tercer grado. Pero era curiosa. Autodidacta, leía todo lo que pasaba por sus manos. Humberto sabía el oficio de sastre. Consiguió trabajo como capataz en la sastrería Spiro y Demetrio. María lo ayudaba cosiendo trajes, zurciendo prendas para adelantar arreglos. Cuando pudieron, levantaron una casa. La hicieron de dos plantas. Se instalaron en Cachimayo al 1900, Bajo Flores, un barrio de casas bajas y fábricas, de fundiciones y repuestos para la industria metalmecánica. Después de la casa, la prioridad sería que los hijos tuvieran una carrera universitaria. En 1950 nació el cuarto hijo. Le pusieron Salvador Jorge, enseguida le quedó Jorge, a secas.

    A mediados de los ’70, cuarenta años después de la llegada a la Argentina, María y Humberto vivían a su modo la efervescencia camporista. La casona de Cachimayo solía ser escenario de reuniones acaloradas. Dos de sus hijos formaban parte de la Juventud Peronista. Hacía tiempo que Juan Carlos Dante Gullo, el tercero, a quien su familia llamaba Dante y sus compañeros Canca, se había convertido en uno de los rostros más conocidos de la agrupación juvenil del peronismo. Era el dirigente de la JP, regional 1. Jorge, el menor de los cuatro, había seguido su camino. Fanático de River, jugaba al fútbol en el club Oeste, de José María Moreno y Alberdi. “Era un muy buen cinco, un buen centrojás. Lo habían venido a buscar de Ferro”, lo recuerda hoy Dante.

    El dirigente de la JP fue arrestado en abril de 1975. La detención de su hijo Dante hizo aflorar el carácter de María, su impulso maternal. Se convirtió en una de las mujeres más activas de la Comisión de Familiares de Presos Políticos. La conocían en Villa Devoto, sabían de ella en el penal de máxima seguridad de Sierra Chica. María organizaba a los familiares de otros detenidos para viajar juntos hasta la cárcel del sur bonaerense.

    La tarde del 5 de agosto de 1976, María conversaba con su marido cuando escuchó ruidos en el fondo de la casa. Pensó que era la hora del cambio de turno en la fábrica de cocinas Volcán. Pero no eran obreros que entraban o salían por el cambio de turno. La calle estaba ocupada por una patrulla militar. Zona liberada. De pronto, sin que Humberto pudiera hacer nada, el patio trasero se había llenado de individuos con armas largas. Venían a secuestrarla.

    Dante estaba detenido en el “pabellón de la muerte” de Sierra Chica. Lo integraban miembros de la JP, Montoneros, el PRT y el ERP. A los dos días del secuestro de su madre, un guardia del Servicio Penitenciario que en secreto simpatizaba con la JP se acercó a su celda. Lo preparó para lo peor. “Me parece que hay problemas con tu vieja.” El penitenciario le mostró un pedido de hábeas corpus firmado por su padre y por uno de sus hermanos. El hábeas corpus había sido publicado en Clarín. Dante escribió una carta dirigida a Albano Harguindeguy: “La cosa es conmigo.” Pidió que dejaran libre a su madre. Que hicieran con él lo que quisieran. La carta salió de la cárcel en secreto. Fue remitida por otro miembro del Servicio Penitenciario; la despacharon desde el correo de la localidad vecina de Hinojo. Nadie se hizo eco del pedido. Tampoco hubo respuesta.

    María no volvió a aparecer con vida. Jorge pudo salir del país después del golpe. Participó en la campaña internacional para denunciar las violaciones a los Derechos Humanos. En abril de 1979 volvió al país con la primera contraofensiva montonera. Lo secuestró un grupo de tareas de la ESMA. “Murió después de varios días de tortura”, dice su hermano.




Historia repetida en miles de hogares. La dictadura sembró muerte a mansalva, a cambio del silencio y la complicidad de los sectores civiles que se enriquecieron con la implementación de las políticas neoliberales en nuestro país. Clarín y La Nación, sus directivos y accionistas tienen mucho que explicar al respecto...



Daniel Mancuso

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