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jueves, 1 de enero de 2009

TERRORISMO MADE IN USA



La hipocresía al hablar de “terrorismo”
no es una inocente disputa semántica; mata.




Israel
, una nación nacida del terrorismo sionista, ha lanzado masivos ataques aéreos contra objetivos en Gaza utilizando armas de alta tecnología suministradas por EE.UU., un país que a menudo ha ayudado e instigado el terrorismo por parte de sus fuerzas militares clientes, como en la Operación Cóndor de Chile y por los contras en Nicaragua, y que incluso hospeda a terroristas derechistas cubanos (Posada Carriles y otros) que hicieron estallar en el aire un avión de línea comercial con 73 pasajeros.


MENACHEM BEGIN: Fue dirigente del Irgún, organización armada terrorista. Bajo su liderazgo ordenó muchas de las acciones del movimiento como la voladura del Hotel King David de Jerusalem en 1946 o la masacre del pueblo palestino de Deir Yassin en 1948. Su radicalismo le enfrentó con el principal líder sionista Ben-Gurión , causando una ruptura político ideológica y un rencor personal entre ambos líderes que duró muchos años

Sin embargo, excluyendo del debate esa ambigüedad moral, la justificación para los ataques israelíes, que han matado por lo menos 364 es la justiciera lucha contra el “terrorismo”, ya que Gaza es gobernada por Hamas, el grupo militante palestino.

Hamas llegó al poder en enero de 2006, mediante elecciones palestinas que, irónicamente, había exigido el gobierno de Bush. No obstante, después de que Hamas obtuvo una mayoría parlamentaria, Israel y EE.UU. denunciaron el resultado porque consideran que Hamas es una “organización terrorista.”

Hamas luego arrebató el control de Gaza de Fatah, un grupo rival que otrora fue considerado “terrorista” pero que ahora es considerado como socio de EE.UU. e Israel, de modo que le han quitado esa etiqueta.

Opuestos a negociar seriamente con Hamas por sus actos de terrorismo –que han incluido el disparo indiscriminado de misiles de corto alcance hacia el sur de Israel– EE.UU. e Israel se quedaron de brazos cruzados mientras empeoraba la catástrofe humanitaria en Gaza, en la que 1,5 millones de palestinos empobrecidos están apretujados en lo que equivale a una gigantesca prisión al aire libre.

Cuando Hamas terminó un cese del fuego temporal, el 19 de diciembre, por falta de progreso en esas negociaciones y volvió a lanzar sus pequeños misiles caseros hacia Israel, el gobierno israelí reaccionó el sábado con su letal poder de fuego de “choque y pavor” , a pesar de que ningún israelí había sido muerto por los misiles lanzados desde Gaza después del fin al cese al fuego. [Desde el sábado, cuatro israelíes han muerto en ataques más intensivos de Hamas con misiles.]

Israel afirmó que sus bombas inteligentes atacan sitios relacionados con las fuerzas de seguridad de Hamas, incluyendo una escuela para cadetes de policías e incluso a policías regulares que caminaban por la calle. Pero pronto, quedó claro que Israel usa una visión más amplia de lo que forma parte de la infraestructura militar de Hamas, al destruir con sus bombas una estación de televisión y el edificio de una universidad, así como al matar a una cantidad importante de civiles.

Mientras la matanza continuaba el lunes, responsables israelíes comunicaron en secreto a periodistas occidentales que el plan de guerra era destruir la vasta red de apoyo de programas sociales y otros en los que se basa la influencia política de Hamas.

“Hay numerosos aspectos de Hamas, y tratamos de atacar todo el espectro, porque todo está conectado y todo apoya el terrorismo contra Israel,” dijo un alto responsable militar israelí, quien habló anónimamente, al Washington Post.

“La infraestructura civil de Hamas es un objetivo muy, muy delicado,” agregó Matti Steinberg, ex alto asesor del servicio de seguridad interior de Israel. “Si quieres presionarlos, hay que hacerlo de esa manera.”

[Washington Post, 30 de diciembre de 2008]

Ya que la definición clásica de “terrorismo” es el uso de violencia contra civiles para lograr un objetivo político, Israel parecería estar pidiendo un análisis objetivo de que ha elegido su propio camino terrorista. Pero evidentemente cuenta con que los medios noticiosos de EE.UU. sigan utilizando anteojeras que limitan efectivamente las condenas por terrorismo a gente y grupos que son considerados como enemigos de Washington.

¿Terrorismo de quién?

Cuando era periodista para Associated Press basado en Washington en los años ochenta, cuestioné una vez el aparente prejuicio que el servicio noticioso basado en EE.UU. aplica a su uso de la palabra “terrorista” cuando cubre los temas de Oriente Próximo. Un alto ejecutivo de AP respondió a mis preocupaciones con un sarcasmo: “El terrorismo es la palabra que viene después de árabe”, dijo.

Aunque pretendía haber dado una respuesta despreocupada, el comentario tenía obviamente mucho de verdadero. Era fácil colgar la palabra “terrorista” a cualquier ataque árabe – incluso contra un objetivo militar como el atentado contra el cuartel de los Marines de EE.UU. en el Líbano, en 1983, después de que el gobierno de Reagan se sumó a las hostilidades contra las fuerzas musulmanas al ordenar que los barcos de guerra de EE.UU. lanzaran obuses contra aldeas libanesas.

Pero se entendía que se aplicaban diferentes reglas sobre el uso de la palabra “terrorismo” cuando el terrorismo provenía de “nuestro lado.” Entonces, ningún periodista estadounidense con algún sentido de supervivencia en su carrera habría pensado en insertar la palabra “terrorista” sea cual fuere la justificación.

Incluso referencias históricas a actos de terrorismo –como ser la brutal práctica de revolucionarios estadounidenses en los años setenta del Siglo XVII de alquitranar y emplumar a civiles considerados favorables a la Corona Británica o la exterminación de tribus indias americanas– eran vistas como debilitamiento en cierto modo de la virtud moral contra los actuales terroristas islámicos y a favor de la “guerra contra el terror” de George W. Bush."

Desapareció, también, de la narrativa histórica el hecho de que sionistas militantes emplearon terrorismo como parte de su campaña para establecer Israel como Estado judío. El terrorismo incluyó asesinatos de responsables británicos que administraban Palestina bajo un mandato internacional así como a palestinos que eran expulsados violentamente de sus tierras para que pudieran ser reivindicadas por colonos judíos.



Uno de los más famosos de esos ataques terroristas fue el atentado en 1946 contra el Hotel King David en Jerusalén en el que residían funcionarios británicos. El ataque, que mató a 91 personas incluidos residentes locales, fue realizado por el Irgún, un grupo terrorista dirigido por Menachem Begin quien después fundó el Partido Likud y llegó a ser primer ministro de Israel.




Otro veterano de la campaña terrorista del sionismo fue Yitzhak Shamir, quien también llegó a ser líder del Likud y finalmente primer ministro.

Fue miembro de la organización Irgún, que abandonó en 1940 por el más radical Lehi. Shamir fue miembro del triunvirato dirigente del Lehi en 1943 (tras la muerte de Abraham Stern) y uno de los responsables directos de dos de las acciones más importantes del grupo: el asesinato del ministro de Estado británico para Oriente Medio en 1944 (Lord Moyne) y el asesinato del representante de la ONU de la región en 1948 (Folke Bernadotte).


A comienzos de los años noventa, mientras esperaba para entrevista a Shamir en su oficina en Tel Aviv, se me acercó una de sus jóvenes asesoras quien iba vestida de una corta bata gris y azul, con un chador de estilo hebreo tradicional.

Mientras conversábamos, sonrió y dijo con voz cantarina: “El primer ministro Shamir fue terrorista, ¿lo sabe?” Respondí con una risita: “Sí, conozco la biografía del primer ministro.”

Punto ciego

Para mantener la pureza moral al denunciar actos de terror de enemigos de EE.UU., también se necesita un gran punto ciego para la reciente historia de EE.UU., que implica repetidamente a dirigentes de EE.UU. en la tolerancia de actos de terrorismo.

Por ejemplo, en 1973, después de que un sangriento golpe respaldado por EE.UU. derrocó al izquierdista gobierno chileno, el nuevo régimen del general Augusto Pinochet, se unió a otras dictaduras sudamericanas para patrocinar una organización terrorista internacional llamada Operación Cóndor que asesinó a disidentes políticos por todo el mundo.

La Operación Cóndor montó una de sus acciones más audaces en las calles de Washington en 1976, cuando el régimen de Pinochet reclutó a terroristas cubano-estadounidenses para detonar una bomba en un coche que mató al ex ministro de exteriores de Chile, Orlando Letelier, y a una colaboradora estadounidense, Ronni Moffitt. El papel del gobierno chileno fue cubierto inmediatamente por la CIA, dirigida entonces por George H.W. Bush. [Para detalles, vea “Secrecy & Privilege” de Robert Parry.]

Sólo semanas después, un equipo de cubanos derechistas basados en Venezuela –bajo la dirección de Orlando Bosch y de Luis Posada Carriles– hizo estallar un avión de Cubana de Aviación, matando a 73 personas. Bosch y Posada, ex agente de la CIA, fueron cofundadores de CORU, que fue descrita por el FBI como “una organización terrorista coordinadora anticastrista.”

Aunque el gobierno de EE.UU. supo pronto del rol de Bosch y Posada en el ataque contra la aerolínea Cubana – y los dos hombres pasaron un cierto tiempo en una cárcel venezolana – tanto Bosch como Posada han gozado de la protección del gobierno de EE.UU. y particularmente de la familia Bush. (ver DVD: "Terrorismo made in USA", editado por MIRADAS al SUR, domingo 4/1/09).

Rechazando las demandas internacionales de que Bosch y Posada pagaran por sus crímenes, los Bush -George H.W., George W. y Jeb –han participado todos en la tarea de asegurar que esos terroristas impenitentes vivan sus años dorados en la seguridad y el confort de EE.UU.

En los años 80, Posada incluso se pasó a otra organización terrorista respaldada por EE.UU., los contras nicaragüenses. Después de escapar de Venezuela, la operación de apoyo a la Contra de Oliver North dirigida desde el Consejo Nacional de Seguridad de Ronald Reagan lo puso a trabajar en esa actividad en 1985.

Los contras nicaragüenses eran, en efecto, una organización narcoterrorista que financiaba parcialmente sus operaciones con ingresos del tráfico de cocaína, un secreto que el gobierno de Reagan hizo lo posible por ocultar junto con el historial de asesinato, tortura, violaciones y otros crímenes de los contras en Nicaragua.
[Vea: “Lost History” de Parry],

El presidente Ronald Reagan también se sumó, en feroces campañas de relaciones públicas para desacreditar a investigadores de los derechos humanos que documentaron masivas atrocidades de aliados de EE.UU. en Centroamérica en los años ochenta –no sólo de los contras, sino también del terrorismo de Estado de las fuerzas de seguridad salvadoreñas y guatemaltecas, que se involucraron en matanzas en gran escala en aldeas consideradas como simpatizantes con insurgentes izquierdistas.

En general, los principales medios noticiosos de EE.UU. tuvieron mucho cuidado cuando se presentaban afirmaciones sobre el terrorismo de “nuestro lado.”

Cuando algunos valerosos periodistas, como el corresponsal del New York Times, Raymond Bonner, escribieron sobre asesinatos políticamente motivados de civiles en Centroamérica, enfrentaron represalias organizadas por grupos derechistas de presión que a menudo tuvieron éxito en el daño o destrucción de las carreras de los periodistas.

Dobles raseros

En última instancia, el cuerpo periodístico estadounidense desarrolló un sentido arraigado de los dobles raseros. La indignación moral podía ser expresada cuando los actos de terrorismo eran cometidos por enemigos de EE.UU., mientras un silencio muy meditado –o una preocupación matizada– era apropiado cuando los crímenes eran de aliados de EE.UU.

Por lo tanto, aunque los medios noticiosos de EE.UU. no dudaron de que los ataques terroristas del 11-S justificaban la invasión de Afganistán, hubo muy poca crítica en los medios estadounidenses cuando el presidente Bush infligió su ataque de “choque y pavor” contra Iraq, una guerra que provocó cientos de miles de muertes iraquíes.

Aunque numerosos musulmanes y otros en todo el mundo han denunciado la invasión de Iraq por Bush como “terrorismo de Estado,” una acusación semejante sería considerada anómala por la prensa dominante en EE.UU. En su lugar, los insurgentes iraquíes son calificados frecuentemente de “terroristas” cuando atacan a soldados de EE.UU. dentro de Iraq. La palabra “terrorista” se ha convertido, en efecto, en un insulto geopolítico.

A pesar de la prolongada y sangrienta historia de la participación de EE.UU. e Israel en el terrorismo, los medios noticiosos de EE.UU. siguen con su paradigma de enfrentar a los “buenos” estadounidenses e israelíes contra los “malos” islámicos. Un lado tiene la posición de alta moral y la otra está en la alcantarilla moral.
[Para más información sobre
el enfoque unilateral de los medios de EE.UU.,
vea el análisis de Greg Mitchell en Editor & Publisher.]


Todo intento de citar el cuadro más amplio, más ambiguo y más inquietante provoca acusaciones de los defensores de las acciones de EE.UU. e Israel, especialmente los neoconservadores, de lo que llaman “equivalencia moral” o “antisemitismo.”

Sin embargo, ahora quedó claro que la aquiescencia a un doble rasero sobre el terrorismo no es sólo una violación de ética periodística o un acto de cobardía política; es complicidad en un asesinato en masa. Sin el doble rasero, es difícil concebir cómo serían posibles los baños de sangre – en Iraq (desde 2003), en el Líbano (en 2006) y en Gaza (actualmente).

La hipocresía al hablar de “terrorismo” no es una inocente disputa semántica; mata.



Robert Parry hizo públicas muchas de las historias sobre Irán-Contra en los años ochenta para Associated Press y Newsweek. Su último libro: “Neck Deep: The Disastrous Presidency of George W. Bush,” fue escrito con dos de sus hijos, Sam y Nat. Sus dos libros anteriores son “Secrecy & Privilege: Rise of the Bush Dynasty from Watergate to Iraq from Watergate to Iraq” y “Lost History: Contras, Cocaine, the Press & 'Project Truth'.”


FUENTE:



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