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jueves, 10 de noviembre de 2011

LA EXCAVACIÓN





El tipo vive ahí desde que nació. En esa casa vivieron sus padres y sus abuelos, y cuentan que los padres de sus abuelos también. De chiquito jugaba en el baldio de la esquina, donde ahora está la torre de ladrillos de 15 pisos. En ese predio, pastaba un caballo bayo, en tiempos de carros conviviendo con Rastrojeros. El barrio fue cambiando en los últimos años. Ya hace rato que no se puede jugar a la pelota en la calle, pasan autos todo el día, al ritmo del semáforo de la otra cuadra, y hay una malsana competencia por estacionar en donde sea.

Un día, la cuadra se llenó de ruidos, la eclosión inmobiliaria había llegado para quedarse. Camiones y martillazos lo privaron de las siestas tranquilas, y poco a poco, la terraza fue ganando sombras, a medida que crecían los pisos del edificio contiguo. Ya nunca más pudo tomar sol con sus amigos, en las tardes de verano, después de las 3 de la tarde. Casi sin darse cuenta, comenzaron a construír del otro lado, un edificio similar, quedando en sanguche su amada casita y su terreno al fondo. Visto desde la vereda de enfrente, el paisaje era desbalanceado, ridículo, opresivo. Visto desde adentro de la casa, en el jardín, por ejemplo, era como haber sido tragado por una ballena.

Ayer, mientras cavaba un pocito, contra la medianera, para plantar el ficus que tenía en la maceta grande, desde los balcones de izquierda y derecha, lo empezaron a insultar. Eran mujeres y hombres de buena condición, patentes J y K, portero visor, piso entarugado, playroom, seguridad las 24 horas, que le requerían permisos y estudios de suelo, autorizaciones y papeletas. El desconcierto ganó su ánimo porque no entendía la andanada de improperios de sus lujosos vecinos que, smatphones en mano, mandaban mensajes a quién sabe quién. Como no desistía en sus intenciones botánicas, hubo una lluvia furiosa de objetos diversos sobre su atribulada humanidad: tampones, restos de comida, yerba lavada sin bombilla, papel higiénico usado, caca de ¿perro?, pañales, envases vacíos, tapitas de gaseosas, juguetes rotos, clasificados de Clarín, puchos apagados, y encendidos también.

¡No queremos otro Bartolomé Mitre!, gritaron desde las alturas.

Como cuando uno se muere, un millón de recuerdos pasaron en un segundo por su mente. Pensó en el barrio, en su casa, en los vecinos amigables que tomaban mate en la vereda, treinta, cuarenta años atrás...

Entró corriendo a la cocina para salvar al ficus. Limpió hoja por hoja con un trapito. Quizás fuera hora de recapacitar sobre la propuesta de la constructora, y mudarse a otra parte.

O seguir excavando, por ahí, recupera el sol...



Daniel Mancuso

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