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viernes, 16 de septiembre de 2011

OTROS 16 de SEPTIEMBRE







Me gustaba escuchar a tía Margarita repetir esa historia. Ese 16, a vos te traía la cigueña, estaba perdida, se iba hacia lo de don Julio ─el almacenero de la otra cuadra que tenía un hijo mogólico, Cacho, que gritaba y gritaba unas aaaaaaaaaaaaaaa largas que resonaban por todo el barrio, y agitaba un pañuelo, blanco, babeado, como una banderita─ pero yo la corrí y la traje para acá, a tu casa. Después me atendió la partera Antonia, muy mentada en esos tiempos pero a la que nunca conocí. Mamá estaba acostada sobre la mesa de mármol reconstituido del comedor, con las piernas abiertas para recibirme entre sollozos, según me cuentan, y luego la mesa pasó al patio, desplazada por otra más moderna y lisita, de fórmica.

De chico jugaba con las nenas de la cuadra, que eran muchas, a la rayuela, a saltar la soga, al elástico. Después, más grande, crucé la calle y llegaron las figuritas, las bolitas y el trompo. Al balero no me le animé, era difícil. El yoyó me frustró un poquito pero lo disfrutaba igual.

Fue en la primer secundaria, y las tardes de ajedrez y patoruzitos, que empecé a descubrir el pasado. Tirado en el sillón del livin leía cuanto llegaba a mis manos, con los dos diccionarios Sopena al alcance de la mano.

Ese pasado terrible, esas tragedias dolorosas. Pude reconocer el tironeo de la historia, con el paso de los años, y cómo algunos esperaron que se olviden las matanzas, otros han trabajado, y lo siguen haciendo, para borrar las huellas, lavar las culpas, ocultar las heridas, aunque la memoria popular ilumina, prepotente, en el calendario y en la calle, cada acontecimiento, le pone luz, militancia, conmemora los hechos, y configura el relato verdadero de la epopeya social incontenible hacia el futuro de justicia social.

Hubo un quiebre, un terremoto, una tormenta de iniquidades que bañó de sangre y muerte los años que siguieron a ese 16 DE SEPTIEMBRE DE 1955: LA FUSILADORA

Cárceles, exilios, secuestros, torturas, desapariciones, todas las prácticas aberrantes que pudieran pergeñar para aterrorizar a los trabajadores y estudiantes, jubilados y niños ─nadie se salvó de la masacre─ no alcanzaron, no sirvieron para silenciar las voces, las ganas, las broncas, el amor... sí, el amor.

Llegó 1976 cargado de amenazas. Todos fuimos secuestrados en La Noche de los Lápices, yo también, literalmente. Y fue una patada artera en los ovarios de la pobre Argentina.

La dictadura nos agarró desarmados, pero no éramos inocentes, sabíamos que por ser jóvenes estudiantes secundarios y militantes políticos estábamos en peligro. Y vino el turbión asesino como un remolino de humo venenoso que nos quemó la inocencia, y nos hirió para siempre.

Si así procedían con unos adolescentes que pedían un boleto estudiantil, hubíesemos debido imaginar la masacre que se avecinaba. Muy pocos fueron concientes del infierno en ciernes. El lúcido compañero Rodolfo Walsh prefiguró la tragedia en su Carta abierta a la Junta Militar.

Era el inicio de un plan sistemático de disciplinamiento social para la imposición, a cómo dé lugar, del modelo neoliberal que bajaba desde el norte, y que tomaría forma definitiva con el Consenso de Washington, en la década siguiente. Primero limpiar, arrasar el territorio, después implementar democracias domesticadas. Primero violencia y miedo, después hambre y pobreza.

Si naciste en democracia y no sabés de qué se trata, mirá la película, es hermosamente horrenda u horrorosamente hermosa, alquilala por ahí: La noche de los lápices.

El 16 de septiembre de 1976, 10 estudiantes secundarios de la Escuela Normal Nº 3 de la Plata, son secuestrados tras participar en una campaña por el boleto estudiantil. Todos tenían entre 14 y 17 años. El operativo fue realizado por el Batallón 601 del servicio de Inteligencia del ejercito y la Policía de la Provincia de Buenos Aires, dirigida en ese entonces por el general Ramón Camps.

Hoy tambien, los pibes y pibas piden que les den bola, reclaman presupuesto y mejoras, se movilizan, protestan, militan, hacen política y molestan. No casualmente, las palabras militares y las ideas macristas se parecen mucho mucho...

Gracias a las compañeras y los compañeros ─aquellos y estos─ tenemos otro país, y tendremos otros 16 de septiembre, más felices...

Pasaremos los 80 y tendremos la sonrisa fresca como la de B. B. King.

Feliz cumpleaños, maestro...





Daniel Mancuso

2 comentarios:

chela dijo...

Los lápices siguen escribiendo, Mancu... Y si una punta de grafito se rompe están sobrando manos para agarrar el sacapuntas y afilarlos de nuevo!
Un abrazo y, otra vez, gracias por compartir

Daniel Mancuso dijo...

es verdad, chela, esa es la gran victoria, hay miles de manos para reemplazarnos, para escribir la historia y seguir por más...

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