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viernes, 1 de julio de 2011

UN VIEJO, EL VIEJO, NUESTRO VIEJO






Ese lunes estaba nublado. Esperábamos, en el aula del segundo piso de la escuela nacional de educación técnica nº1 de Lanús, que llegara el profesor de no me acuerdo qué materia. Volaban algunas tizas de adelante hacia el fondo y viceversa, era una batalla muda desatada por los resultados del futbol del fin de semana: a cada burla de un lado, un misil desde el otro, para dirimir rivalidades irreconciliables. Marcelo, el preceptor, llegó y nos dijo que nos fuéramos a casa, que no habría más clases porque había muerto Perón. No hubo festejos por rajar antes, nadie dijo nada, agarramos las cosas y salimos. Era 1 de julio de 1974.

Con mis coloridos 14 años ─mi saco blanco tiza con cuadritos negros, corbata de distintos tonos de verde con arabescos, un pantalón oxford piel de durazno, rosa pálido, y zapatos con plataforma marrones con puntera negra─, mis carpetas y mi regla T, como el resto de mis compañeros del industrial, fuimos bajando las escaleras en silencio, respetuosamente, porque intuíamos que ese nombre que no se podía mencionar delante de algunos profesores, esa palabra prohibida (que despertaba tanto odio en unos, y tanta admiración, amor, respeto, en otros) era algo importante.

El Presidente fallecido no era cualquier presidente. Fue 3 veces elegido por su pueblo. El muerto no era cualquier muerto. Era la mitad de "Perón y Evita", las patas en la fuente, cabecitas negras y descamisados emergiendo del subsuelo de la patria sublevado, dignidad y trabajo para los olvidados, bombardeados en la plaza de Mayo, fusilados en un basural, perseguidos y proscriptos, 18 años de exilio y un retorno anhelado.

Dicen los humildes: "el hacedor de los mejores años de nuestra vida de laburantes".

Maldicen los privilegiados: "es el culpable de todos los males argentinos".

¿Se puede ser tan malo y tan bueno a la vez? ¿Por qué millones lloraron con su regreso? ¿Por qué millones lloraron por su viaje sin regreso?

Todo era silencio. Las calles enmudecieron, los pájaros dejaron de cantar, los colectivos nos dejaron a pata. Fui con algunos compañeros hasta la estación, crucé las vías y llegué a casa treinta y cinco cuadras después.

En el trayecto, pensaba en mi tristeza nueva, en los pobres que lo tenían colgado en un cuadrito, arriba de la cama, en mi profesora de inglés que amenazó con un 1 a quien osara pronunciar la palabra maldita en su clase. Era mi primer muerto fundamental, la primera gran pelea con el destino, el disparador de preguntas sin respuestas definitivas. El peleador de todas las batallas. El Eternauta, de carne y hueso. Un héroe.

Pensé en mi viejo inmigrante pobre devenido en ferroviario honorable en tiempos de Juan Domingo. Silvé la marcha peronista que me ponía la piel de gallina cuando Hugo del carril aparecía en el aire del barrio. Palpé los paredones pintados con su nombre que siempre "vuelve". Vibré en la magia poderosa de 5 letras que millones de compatriotas gritaron con el acento cambiado. Me mezclé con hombres y mujeres simples, que lo quisieron como a un padre, vivieron y laburaron con su voz brújula señalando el porvenir deseado, que murieron con su fidelidad sin fisuras en manos de los "deslibertadores" asesinos y sus intolerantes discípulos posteriores...

Mamá se extrañó al verme. Su mirada preguntó qué hacía yo tan temprano. La italiana de cara buena me escuchó con atención: le conté la noticia, le expliqué la tragedia, le dije que se había apagado una esperanza, un símbolo, una bandera, que muchos argentinos hicieron volar con orgullo y por defenderla de la traición regaron antes y después con su sangre sufrida nuestra querida tierra maltratada.

Me dijo, dulcemente: nene, yo viví esa Argentina, yo sé de qué se trata.

El "viejo" era contradictorio. ¿Quién no? Lo admiramos, lo criticamos, lo amamos, lo queríamos matar, a veces. Como Gardel, como San Martín o Belgrano, fue más que un tipo destacado que hizo cosas para nosotros. Él era todo lo grande: "El general", "El macho", "El lider", "El primer trabajador"... era luz, y sombra. Gobernante, estadista, procer, faro, síntesis de la historia y la política de nuestro pueblo, en el siglo xx. Durante décadas nos atravesó por el medio del alma y nos dejó una huella indeleble, un resumen de la patria hecho mito, o como diría mi amigo Gustavo, "la argentinidad al palo".

Murió el viejo, y dicen que cuando muere el viejo de uno, el querido referente, la estantería se tambalea, se nos mueve el piso, y tenemos que reencontrar el camino.

Hace tiempo que andamos detrás de su huella...




Daniel Mancuso

2 comentarios:

Biblioteca Peronista dijo...

Es hermoso lo que escribió cumpa, y gracias por compartir su recuerdo. No viví ese momento histórico, nací en democracia y a través de estas palabras "revivo" en sentimiento ese momento, un grande el Pocho.
Abrazo

Daniel Mancuso dijo...

Un abrazo grnde, Biblioteca... ¡viva Perón!

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