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sábado, 13 de noviembre de 2010

PANTALONES CORTOS







Estas no son memorias.

Memorias escriben los personajes de importancia -o sus ayudas de cámara- y son autobiografías en las que necesariamente el memorioso es el eje de una esfera en cuyo redor giran los demás hombres y los acontecimientos; requieren, para ser leídas, que el autor haya sido "alguien ".

Espero que mis recuerdos se lean por la razón contraria; porque son los "dell 'uomo qualunque ", que no está ubicado en el centro de la esfera sino fuera de ella y viendo pasar su superficie por delante, casi como un espectador. Por eso el título genérico de este trabajo, que si interesa a los lectores y Dios me da tiempo se continuará en dos partes más, correspondientes a sucesivas etapas de mi vida de espectador entrometido...


(...)


El pantalón corto y la niñez se identifican en mis recuerdos. El pantalón largo importaba la salida de ella, aunque adelantándose a la adolescencia; venía antes de la edad del pavo -con sus granos y ese preludio desafinado que se ensaña en las cuerdas vocales anunciando la aparición de la "voz de hombre ".

Las madres de hoy se ahorran lágrimas, porque las de antes lloraban cuando el muchachito se ponía el pantalón largo; terminaba "el nene " y la madre tenía que resignarse a no verlo ya como pichón de la nidada sino como un recién emplumado gallito petulante y reacio a los mimos maternos, a su vez, el chico de pantalón largo no podía imaginarse a sí mismo en brazos de su mamá o dormitando en su falda como cuando el pantalón corto. Algunas madres no admitían el cambio, produciendo ese espectáculo lastimoso, que todos hemos visto en los pueblos, del muchacho desgarbado, ya largo de piernas, de brazos colgantes y con un atisbo de bigote sobre el labio, que con un pantalón a media pantorrilla cruzaba las calles con la caja del violín pendiente de su mano derecha. (No sabría decir por qué no puedo separar el instrumento de esa imagen, y creo que es porque sólo seguían estudiando violín, a esa altura de la vida, los chicos que no tenían aptitud para imponer a sus padres el pantalón largo que querían, o los que verdaderamente eran músicos)...


(...)


Desde los seis años, como tantos, trabajaba con unos vascos tamberos; antes de que el lucero estuviese crecido, adelantándose a la madrugada, tenía que salir al campo en busca de las vacas. Las noches de cerrada neblina, campeando a bulto veía sombras que podían ser vacunos u otras cosas como "la fantasma", "la viuda" o "el chancho" cuando no "las luces malas" que andaban en su cabeza, con todos los miedos nocturnos, hasta que empezaba a clarear.

Así era en verano y peor en invierno, en las noches de temporal, con sólo una mojada jerguita sobre el mojado lomo del animal, en patas, con un viejo pantalón rotoso y una mala y agujereada camiseta, y por toda protección contra la lluvia una bolsa de arpillera puesta en forma de albornoz y también empapada.

Sólo lo defendían del frío, por dentro, unos cuantos mates tomados antes de salir y, no siempre, con un pedazo de galleta dura. Después de arrimar lecheras y cuando empezaba el ordeñe, ayudaba en el apoyo arrimando y tironeando los terneros; luego, terminado el tambo, debía soltar al campo las vacas con sus crías y atar el charret y dar una mano en la carga de los tarros; recién entonces podía acercarse al fogón para calentar las tripas con una taza de mate cocido, con leche porque era tambo. Todo esto siempre a la intemperie pues en aquella época no regía la ley que obliga a ordeñar bajo tinglado, y se trabajaba con las piernas metidas en la mezcla de barro y bosta que era el piso del corralito donde "se hacía el tambo".

    Son de no creer las resistencias que opusieron al estatuto del peón. Pero más increíbles las que levantó la obligación de ordeñar bajo tinglado establecida por la Secretaría de Trabajo durante la época de Perón y que si beneficiaba al trabajador asalariado, más beneficiaba al tambero, sacándolo del barro y de la intemperie y permitiendo mejor aprovechamiento del ordeñe que no podía ser perfecto bajo la lluvia y con el apuro que ella provocaba.


(...)


Así como el recuerdo de los sabañones -que anda por otras páginas- me resulta inseparable del invierno, le es también inseparable el de las manos tajeadas e hinchadas de los chicos que volvían de la "junta". Ahora, el maíz se cosecha a máquina y está levantado antes de mayo porque se lo levanta más bien verde, mandándolo a la secadora. Antes se secaba en la planta y las variedades eran menos precoces, sobre todo los cuarentines que se siembran después de la cosecha fina. Resultaba mejor "hacer la junta" a fines de otoño y aun en pleno invierno. El duro trabajo era mucho más duro con el frío que endurecía las chalas, poniéndolas filosas, máxime si en la mañana se habían escarchado; así las manos agarrotadas de frío se cortajeaban y además, las espinas del chamico las herían; alguna propiedad infecciosa debían de tener éstas porque las heridas se llenaban de pus, siendo su remedio universal sumergir las manos en un tacho que contenía fluido rebajado.

Yo veía estas cosas como chiquilín y me interesaba lo que se refería a mis amiguitos paisanos, porque a los grandes los miraba como fuertes y creía que estas cosas no les dolían.

Me afectó, como si me lo hubieran hecho a mí, lo que los peones le hicieron a Peralta, un peoncito de diez años, que manejaba el carrito aguatero y era el encargado de pasar la botella con caña. Un grandulón malintencionado, que lo había pescado dando tragos clandestinos, en una vuelta en que terminó la botella, antes de devolvérsela a Peralta la medió de orines, y corrió la voz. Y allí fueron todos a divertirse, pues lo estaban espiando y soltaron la carcajada -para seguirlo cargando durante días y días- cuando el muchachito se empinó lo que creía bebida...


(...)


EL MOLINO

Parado en sus patas largas
-pinta y gritón como el tero-
es pájaro que se encarga
de andar cuidando el potrero.

En su continuo tarjeo
golpe a golpe, cuenta lleva
y "para" el diario rodeo
con la seca y aunque llueva.

Para que el animal entienda
le va enseñando en la seca
y le hace un nido a la hacienda
igual que gallina clueca.

Bajo sus plumas de zinc
como a pollitos la enseña,
pues tiene mañas sin fin,
cruza de tordo y cigüeña.

Aunque también de lechuza
-se me ocurre cuando mira-
no es raro que tenga cruza
según la cabeza gira.

Bicho nocturno ha de ser,
según me ha contado una
vieja que lo supo ver
que picoteaba en la luna,

y si algún ternero come
se lo carga, el muy ladino,
al primer croto que asome
a dormir junto al molino.

Es maña de mayordomo
importado, y él lo sabe,
la de cargar a otro el lomo...
¡Y el mayordomo es un ave...!

Ave de breeche y polaina,
puro hueso hasta el encuentro,
como el molino, y una vaina
con algo escondido adentro.

Los dos pájaros en yunta
trabajan de enero a enero,
y la cuenta se la apunta
a "ese paisano cuatrero".

Animales son, forasteros,
más o menos de este corte:
cuando soplan los pamperos
se quedan mirando al norte,

como a los chorlos siguiendo
en su rumbo a la querencia,
y suelen andar gimiendo
como chicos en penitencia.

Dale que dale al plumaje,
su dolor gringo tan rudo
hace aumentar el tiraje:
no dan puntada sin nudo.

A veces se quedan quietos
como fantasmas de zinc;
el mayordomo, coqueto,
dice: "I have spleen..."

Perdonen si cuento algo
que es saber de la ignorancia;
nada soy y nada valgo
"pero he nacido en estancia".

ARTURO JAURETCHE


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