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viernes, 19 de marzo de 2010

CONFESIONES DE INVIERNO



El capitán Jorge TIGRE Acosta, ex jefe de inteligencia de la patética Unidad de Tareas 3.3.2 de la ESMA, se definió ayer como “un combatiente”.

No precisó en qué batallas intervino, pero podemos aclararlo: demostró su valentía secuestrando mujeres indefensas, luego las escapuchaban y torturaban, y en algunos casos las violaban en grupo, mientras las víctimas estaban atadas y desnudas. Eran batallas peligrosas donde la vida y la muerte transitaban por caminos de cornisa. Su heroísmo pudo mostrar la cara en esas noches de tragedia y falcon verde.

Este jueves, se reanudó el juicio oral y público a 19 ex marinos represores que actuaron en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) durante la dictadura en los tribunales federales del barrio de Retiro, con los acusados sentados en el banquillo de la impunidad (todavía).

Los acusados llegaron con las manos libres, sin esposas, a la sala de audiencias, ubicada en la planta baja de Comodoro Py 2002, y varios de ellos saludaron en forma entusiasta a los familiares y amigos que los alentaban desde la bandeja superior, destinada a las visitas. "Vamos Tigre Todavía"... "Aguante, macho, fuerza"... "lo vamo a reventar, lo vamo a reventar"... gritaban los seguidores del club de admiradores de Cecilia Pando.

El Tribunal Oral Federal 5 (TOF5), está conformado por los jueces Daniel Obligado, Ricardo Farías, y Oscar Hergott. Ayer, se inició la quinta audiencia del proceso en el que se investigan las tragedias padecidas por 85 personas que, en 1976 y 1977, fueron secuestradas, torturadas y desaparecidas en el centro naval porteño convertido en mazmorra.

Aseguró con voz pausada que “jamás busqué la muerte”, aunque admitió “algunas causadas por mi accionar militar”. No especificó si con fusil o picana. Tampoco el destino de los cuerpos de sus enemigos. No importa. Los enemigos eran cosas no personas, por tanto, es insignificante dónde se dejaba una escoba o el cadaver de una Madre de Plaza de Mayo secuestrada en la Iglesia de La Santa Cruz asesinada en la parrilla de tortura.

El "TIGRE" Acosta criticó a sus superiores por no haberse responsabilizado de los trabajos sucios encomendados y aseguró que “uno de los grandes problemas de la conducción naval tras el retorno democrático fue haber dejado gente viva”.

Acosta sobreactuó desde el comienzo. Cuando le preguntaron si tenía apodos contó que de niño le decían Gales y se explayó: “Gales no les pinchaba los ojos a los pajaritos. Gales tenía dos palomas a las que quería mucho, un pato y un gato a los que quería mucho. Hoy tengo una perra a la que quiero mucho”, dijo. Tengo “una concepción cristiana: amar hasta que duela”. Por eso las torturas y vejaciones a los secuestrados eran actos de amor y sacrificio religiosos.

El otro día me emocioné mucho viendo en Animal Planet un documental sobre las ballenas, ¡que lindas son!

Agregó que en la Escuela Naval le decían Chupete (no explicó el motivo) y “no tengo ningún otro apodo”, aseguró, contrariando a los sobrevivientes y a su amigo abogado Mariano Gradín, que al verlo ingresar a la sala durante la audiencia inicial levantó los brazos y con voz de ultratumba gritó: “¡Tigre!”.

Acosta admitió su “actividad antiterrorista” entre mediados de 1976 y principios de 1979, y agradeció al tribunal la decisión, rechazada por el fiscal Pablo Ouviña, de no incorporar como pruebas las declaraciones ante jueces militares. Es comprensible: en 1986 se explayó sobre la importancia de obtener información en tiempo record, admitió que los detenidos llegaban vendados y “acostados en el asiento de atrás”, y explicó que “actuamos militarmente matando a quien utilizaba un arma en combate”.

Las biromes, lápices, peines, y cepillos eran considerados armas de guerra en aquellos tiempos difíciles, concluyó.

La declaración comenzó con un “absoluto homenaje a las víctimas de los desencuentros violentos que tuvimos los argentinos”. Acosta admitió que “algunas muertes fueron causadas por mi accionar militar”, pese a que “la Unidad de Tareas 3.3.2 jamás buscó la muerte”.

Eramos como la Santa Inquisición. Solo queríamos proteger la forma de vida que heredamos de nuestros mayores: occidental y cristiana. No nos movía el odio sino el amor a la Patria.

Sin escalas saltó al presente. Dijo que hasta hace 3 meses “estaba convencido de que esta guerra había terminado” pero que comenzó a dudar a partir de declaraciones de la diputada Victoria Donda (“la lucha no terminó”), del músico Andrés Calamaro (“los represores de la ESMA tendrían que estar muertos”, dice que dijo) y de la sobreviviente Graciela Daleo, sobre la importancia de que los procesados excarcelados no circulen impunes por las calles.

“¿Qué odio hay todavía? ¿Qué pretenden? ¿Un nuevo enfrentamiento? ¿Serán estos juicios que lo están desatando?”, planteó con humos de filósofo. “La guerra revolucionaria terrorista podría reactivarse, ya no en sentido trotskista, sino en tono gramsciano. Esto es un alerta”, advirtió.

Debemos juntarnos los argentinos de bien: Abel Posse, Eduardo Duhalde, Mauricio Macri... dijo emocionado.

Igual que Astiz ayer, historió los años previos al golpe con especial énfasis en la amnistía de 1973. “Terroristas que hoy están en el gobierno como Eduardo Luis Duhalde o el procurador Esteban Righi abrieron las puertas de la cárcel”... liberando a jóvenes ávidos de venganza, porque no eran profesionales de la guerra”... “se aglutinaron en la patria socialista”...

Admitió a pie de página sus lecturas dominicales de José Pablo Feinmann y se detuvo en “la patria peronista, que comenzó a sembrar la muerte en la Argentina”. Desatada “la guerra interna, había subrepticiamente cuadros de las fuerzas armadas de uno y otro lado, tal vez más en la patria peronista”, admitió. “Estalló la guerra”, dijo, y para justificar el golpe invocó “la imperiosa necesidad de las Fuerzas Armadas, por haber sido superadas las fuerzas policiales y de seguridad”.

Hizo una pausa y saltó sin escalas a 1983. “Fin de la guerra, restauración de la paz, con muchas víctimas”, resumió en tono de estadista, y retomó a Adolfo Donda para criticar a la conducción que les soltó la mano. Centró la responsabilidad en los vicealmirantes Barry Melbourne Hussey, Argimiro Luis Fernández (jefe del Servicio de Inteligencia Naval) y Adolfo Arduino, su comandante en 1976.

“Uno de los grandes problemas que se planteó la Armada en democracia fue haber dejado gente viva”, admitió, y negó su colaboración en proyectos de Emilio Eduardo Massera.

“No me quise ir, me retiró la Armada. No tengo aspiraciones políticas, soy un militarcito”, dijo. Renegó porque la justicia militar encubrió a sus superiores y con un organigrama repasó la línea de comando de la que dependía.

“Me niego a aceptar los hechos”, dijo en referencia a los secuestros, torturas y asesinatos que se le imputan en las causas conocidas como Testimonios A y B.

Dedicó un párrafo especial a Rodolfo Walsh. “Analicé su desempeño, su capacidad intelectual, su trabajo al servicio del terrorismo, y tengo la certeza de que no quería ser detenido con vida. Esa era su convicción”, afirmó como quien devela un secreto de Estado.

Por último denunció “una persecución política-jurídica desde hace tiempo” y aclaró que no ratificaba sus declaraciones anteriores.

“Entre la guerra y la paz, propongo la paz”... “si esta guerra no terminó, yo estaré del lado de la racionalidad y la proporcionalidad”, el mismo término que con citas de Juan Pablo II usó en 1986 para justificar sus crímenes: “La ESMA actuó con proporcionalidad. Actuamos militarmente matando a quien utilizaba un arma en combate”.

Sólo quince de los 19 acusados estaban en la sala de audiencias al iniciarse el proceso en los tribunales federales de Retiro.

Los acusados: 1 Adolfo Miguel "Gerónimo" Donda Tiguel, 2 Carlos Antonio "Tomy" Capdevilla, 3 Jorge Eduardo "Tigre" Acosta, 4 Ricardo Miguel "Sérpico" Cavallo, 5 Raúl "Mariano" Scheller, 6 Juan Carlos "Juan" Rolón, 7 Pablo "Dante" García Velasco, 8 ex capitán de fragata Alfredo Astiz, alias "Cuervo" y "Rubio" (en la primera audiencia del juicio provocó al público con el libro "Volver a matar", escrito por el ex jefe de la SIDE en el gobierno menemista Juan Bautista "Tata" Yofre), 9 Julio Coronel (ejército), 10 Oscar Antonio Montes, en silla de ruedas y canciller de la dictadura en 1977 y 1978.

También: 11 Jorge Carlos "Ruger" Radice, 12 Antonio "Trueno" Pernias, 13 Manuel García Tallada, 14 Ernesto "220" Weber (policía), 15 Juan Carlos "Lobo" Fotea (policía), 16 Juan Antonio "Piraña" Azic (prefecto), 17 Néstor Omar "Norberto" Savio, 18 Alberto Eduardo "Gato" González, y 19 penitenciario Carlos Orlando "Fragote" Generoso.

Por el campo de concentración que funcionó en la ESMA se calcula que pasaron alrededor de 4.500 prisioneros, los cuáles en su mayoría terminaron siendo arrojados vivos y dopados al mar desde los "vuelos de la muerte", que hacían los aviones Electra de la aviación naval. El capitán Jorge TIGRE Acosta y sus compañeros de tropelías son gente derecha y humana. No te olvides...



Daniel Mancuso


2 comentarios:

Ricardo dijo...

Ni olvido ni perdón: castigo y cárcel común.

Sergio dijo...

Las palabars sobran...NUNCA MÁS...Simplemente preguntar si recién nacidos también usaban armas en combate...

NUNCA MÁS GENOCIDAS...

aguantan

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