sábado, 27 de junio de 2009

YANQUIS



Es sábado de madrugada. Falta poco para ir a votar y respirar más tranquilo. Los resultados serán un mojón importante en el camino de las soluciones por venir. Ya dije lo suficiente, todo este tiempo. Tomé partido y declaré mis sueños, analicé los hechos, critiqué y propuse alternativas. Me siento un tipo importante. Cuando mi hija aprenda a leer y pueda entender todo esto, quizás, se alegre y se sienta orgullosa de su papi. Con eso me basta.

Entonces, hoy, como recreo de veda electoral, me puse a leer, encontré un texto para compartir, propicio y vinculante con los tiempos que vivimos, que habla de esas cosas primeras (o últimas) que encedieron las mechas de la injusticia en la patria grande, que mancharon de rojo y de tristeza tanta vida machucada, y que siguen ahí, todavía en el purgatorio de la historia americana.

Tal vez (lo estamos intentando), habrá de ser sólo parte de un mal recuerdo, para cuando ella sea una joven argentina en un pais justo, libre y soberano...



Yanquis hijos de puta

En realidad
sólo quería decir
eso.
En realidad, la vida es,
pongamos por ejemplo,
una manzana.
Entonces, uno la mira, la toca,
le hace fiestas,
la besa, le habla,
tal vez
hasta dibuja manzanitas
imitándola.

La quiere así, manzana,
rica, pulposa, viva,
indescifrable,
sabia.
Si la quieren romper,
si viene
un bicho, por ejemplo,
un yanqui hijo de puta,
para ser más precisos
a matarla,
ya no se puede hablar
así nomás de la manzana.
Hay que matar al bicho,
es necesario
odiarlo,
destruirlo.

Es casi obligatorio
decirle hijo de puta,
decirle yanqui hijo de puta
todos los días, religiosamente
y encontrar la manera de acabarlo.
Por amor a la vida,
simplemente.

En realidad
tal vez no me he explicado bien.
Si uno tiene,
pongamos por ejemplo,
un amor, una cosa
que le anda por la piel
por todas partes.
Digamos Buenos Aires.
Digamos un octubre, un poema, una muchacha.
O digamos la esquina
de Nazca y Tequendama
los domingos, a las seis de la tarde.

(Estoy casi seguro
que había una esquina así en Santo Domingo
que había un viejo,
una silla,
un cielo inverosímil,
muchachos que volvían del fútbol,
señoras apuradas,
bocinas, qué sé yo
y tal vez
hasta un tipo solitario
como yo
que miraba)

Si uno tiene un amor entonces,
eso que le camina por la piel,
decíamos, y pasa algo,
ocurre
que viene el mal, la peste, una desgracia,
o para no ir más lejos
vienen los marines idiotas,
los cretinos mascadores de chicle,
odiadores de todo lo que crece
y desembarcan.

Entonces
ya no se puede hablar así nomás,
hay que matar la muerte de algún modo,
hay que pelear con rabia,
destruirlos,
salirles al encuentro como sea
y además
decir, decir hijos de puta,
decir marine yanqui hijo de puta,
decirlo y masticarlo
y enseñarlo a los chicos
como un rezo.
Por amor a la vida,
simplemente,
me parece.




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