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miércoles, 28 de enero de 2009

Una mano...



Dejamos a las nenas en lo de la abuela, para mirar un dvd de Campanita en 28 pulgadas. Le digo a la flaca: aprovechemos y vamos a caminar a Palermo, unas vueltas al lago del Golf, mirar los patos, sentir el sol tierno del domingo colándose entre los arboles, ensuciar las zapatillas con polvo de ladrillo. Hablar un rato de las cosas que no podemos hablar, porque en casa, la pequeña hegemoniza el micrófono.

Ni bien nos bajamos del auto, apenas 200 metros de marcha, alguien me pregunta: ¿El hospital Pirovano es por acá? La pregunta no se correspondía con el lugar. El tipo estaba transpirado y los 3 pibes tristes y cansados (el más chiquito 4 años, la nena de 7 y la mayor, Micaela de 11). Todos brillaban de calor y fastidio mudo, los ojos apenados.

¿De dónde venis?, el Pirovano está muy lejos, tenés que tomarte un colectivo, le digo. NO, vamos caminando, me contesta sereno y resignado. Venimos desde el Hospital Fernández, internaron a mi mujer que está embarazada. Yo estaba trabajando en un lavadero de autos en Avellaneda, me avisó un vecino, el mismo que llamó al 107 (la ambulancia llegó enseguida). Le pedí un adelanto al encargado pero no me dio. Llegué al hospital y la habían trasladado al Pirovano, por suerte, una enfermera me cuidó a los chicos, les dieron leche y pan mientras me esperaban en la guardia.

Vení que te llevo, le digo rápido. Mi mujer asiente y desandamos el camino hasta el auto. El chiquito, Adón, con la flaca, adelante, los demás atrás. Somos de Tandil, me cuenta, Vinimos acá porque allá no hay laburo. Por ahora, estamos cuidando la casa de un conocido que está de vacaciones. Yo gano $20 por día en el lavadero. Lástima los chicos, allá jugaban en la calle, hasta la noche. Acá no, me da miedo.

La Pampa, Húsares, semáforo, Monroe, semáforo, semáforo, semáforo, Hospital Pirovano. El tipo lloraba de felicidad, mostró su pocos dientes amarillos por primera vez. Alguien lo había ayudado, un oasis corto en la desértica soledad urbana. Los pibes nos besaron cariñosos. La flaca lo abraza y le pone 30 pesos, todo lo que tenía, en el bolsillo de la camisa gastada, no quería aceptarlo, ¿No voy a poder devolvértelo? balbucea, No importa, le dice. Tenía unas barritas de cereal en el bolso, se las doy a Adón. Se ván a la guardia, saludan de lejos. Arranco, impotente. Silencio.

NO le pregunté cómo se llamaba, no pude, no supe, la emoción que me produjo tanta necesidad, tanta humildad sola en la ciudad desigual y áspera me atontó. Quisiera hacer más, por tantos flacos transpirados y sufrientes. Ayudar a tantos pibes como Mica a descubrir la felicidad, no se puede ser niño y triste a la vez. No es justo. Y pensar que Macri está en Punta del Este haciendo Buenos Aires, y Buzzi y sus secuaces del campo quieren que les subsidiemos la sequía, manga de turros...
Daniel Mancuso





2 comentarios:

Anónimo dijo...

Y ahora piden que el estado les de 200$ POR VACA QUE PERDIERON POR LA SEQUIA ,POR QUE NO COMPRARON FORRAJE LOS MUY MUERTOS DE HAMBRE,estan locos de ambicion ,codicia y avaricia, mi viejo que es pastor evangelico dice que la sequia es un castigo de dios por avaros y yo que soy ateo casi le creo.Que estamos esperando para crear hogares de contencion para la gente que viene de las provincias sin conocer a nadie como hizo Evita,Alicia ponete las pilas .
el hombre suburbano

MONA dijo...

Sos un tipo sensible. No es discurso, es ayuda concreta. No creo que las limosnas solucionen los grandes problemas, pero le mostramos al morocho cansado y transpirado que hay alguien que está interesado en él. Y eso no es poco.
Cuando leí el libro "perdonen mi optimismo" de Juan Carr, lo que más me conmovió, fue su propuesta de pararse ante la necesidad del otro, hablarlo, preguntarle por su familia, por sus cosas... y tal vez volver al mismo lugar para encontrarlo... El autor se refería a esos muchachones que te paran el auto para limpiar los vidrios, y que uno, en la reacción primera, y sin pensarlo, lo que piensa es sacárselos de encima.
Me parece que no tenemos que esperar que todo lo haga el gobierno, tal vez tendríamos nosotros que ofrecernos un poco más al prójimo, para darle, aunque sea, una palabra amable, un gesto amigable...
Fue un placer leerte.
Un abrazo
Mona
(te recomiendo el libro... leelo, que te va a gustar)

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